Por: Lic. María Valeria Alvo – Psicóloga MP 1057 (@psico.valealvo)
Hay personas que llegan a la noche habiendo cumplido con todo: trabajaron, cuidaron a sus hijos, respondieron mensajes y resolvieron problemas ajenos. Sin embargo, cuando por fin se detienen, sienten que no les queda espacio para ellas mismas. A veces, detrás de un “estoy bien” hay cansancio, angustia o una necesidad de ayuda que todavía no encontró palabras.
El 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, nos invita a mirar también esas escenas cotidianas. Hablar de salud mental implica preguntarnos cómo estamos viviendo, qué lugar tienen nuestras emociones y si contamos con alguien ante quien podamos dejar de sostener la apariencia de que podemos con todo.
Como psicóloga, considero necesario revisar una idea que suele presentarse como virtud: aguantar sin pedir nada. La fortaleza también puede expresarse al reconocer un límite, decir “esto me está haciendo mal” o aceptar acompañamiento. Cuando la exigencia de seguir se convierte en la única respuesta posible, el sufrimiento queda sin un lugar donde ser escuchado.
Este año, la Organización Mundial de la Salud propone que las voces de quienes han atravesado problemas de salud mental tengan incidencia en las decisiones que afectan sus vidas. Esa invitación merece salir de los discursos y llegar a las prácticas. Una persona que consulta necesita que se considere su historia, sus preferencias y aquello que le resulta posible en su contexto. Escucharla supone reconocer que tiene algo que aportar sobre su propio cuidado.
Podríamos empezar por cambiar una pregunta habitual. Además de “¿cómo estás?”, preguntar: “¿Qué te está costando últimamente?”. Y, después, ofrecer tiempo para la respuesta. Muchas conversaciones se cierran con consejos rápidos: “pensá en positivo”, “ocupate en algo”, “hay gente que está peor”. Aunque puedan decirse con buena intención, dejan poco espacio para comprender lo que el otro vive. Acompañar requiere tolerar que no siempre tendremos una solución inmediata.
También necesitamos cuidar el lenguaje. En las redes circulan diagnósticos como si fueran etiquetas para explicar cualquier emoción o conflicto. Estar triste no alcanza para afirmar que existe depresión; sentir nervios no permite concluir que hay un trastorno de ansiedad. Ponerle nombre a una experiencia puede orientar, pero una evaluación profesional necesita contexto y escucha. Ninguna etiqueta debería borrar la singularidad de una persona.
La salud mental se construye, además, en las condiciones de vida. La violencia, la incertidumbre económica y la falta de redes pueden afectar el bienestar. Por eso, resulta insuficiente pedirle a alguien que aprenda a relajarse si vive con miedo o carece de acceso a atención. Las herramientas personales tienen valor, pero necesitan acompañarse de respuestas comunitarias e institucionales.
Propongo pensar este 10 de octubre como una oportunidad para revisar nuestros espacios. En una familia, ¿se puede expresar tristeza sin recibir burlas? En un trabajo, ¿hay lugar para plantear una sobrecarga? En un centro de salud, ¿la persona comprende y participa en las decisiones sobre su atención? Estas preguntas permiten acercar la conmemoración a cambios concretos.
Buscar ayuda no exige esperar a una crisis. Cuando el malestar persiste, afecta la vida cotidiana o se vuelve difícil de sostener, consultar con un profesional habilitado puede abrir un espacio para comprenderlo y abordarlo. También hace falta que ese espacio sea accesible y que pedirlo no sea motivo de vergüenza.
Quizás el compromiso de esta fecha pueda comenzar así: prestar atención a quien siempre parece poder con todo y permitirnos, nosotros también, una respuesta más honesta. Detrás de cada “estoy bien” hay una historia que merece tiempo. Que encuentre escucha es una responsabilidad que podemos empezar a asumir hoy.




