“¿Por qué cada vez nos cuesta más decir cómo estamos realmente?”. Esa es una de las preguntas que, según el licenciado José Icazatti, resulta necesario hacerse en una sociedad atravesada por la comunicación permanente, las redes sociales y la necesidad de mostrar hacia afuera una imagen de bienestar.
“Vivimos rodeados de gente, conectados permanentemente, llenos de mensajes, de fotografías, de opiniones, de ‘me gusta’… Y, sin embargo, hay personas que se sienten profundamente solas”, explicó el psicólogo Icazatti.
Para Icazatti, existe una diferencia fundamental entre estar acompañado y sentirse verdaderamente visto.
“Porque una cosa es estar acompañado y otra muy diferente es sentirse visto”, sostuvo, y planteó una de las paradojas de la actualidad: “En el aumento de la comunicación, hoy no nos comunicamos”.
En ese sentido, señaló que uno de los problemas centrales está relacionado con la falta de empatía y de verdad emocional.
Nos acostumbramos a decir: “Estoy bien”, aunque no estemos bien.
“Todo tranquilo”, aunque por dentro haya una tormenta.
“Después hablamos”, aunque, en realidad, necesitemos desesperadamente que alguien nos pregunte: “¿Qué te está pasando?”.
El miedo a mostrar lo que sentimos
A partir de allí aparece otra pregunta que Icazatti considera fundamental: ¿a qué le tenemos miedo?
“Tenemos miedo al rechazo. Al juicio. A parecer débiles. A decepcionar. A que descubran que no somos tan fuertes como aparentamos”, explicó el Lic. José Icazatti.
El especialista sostuvo que muchas personas aprendieron a esconder sus heridas porque viven en una sociedad en la que, muchas veces, se premia a quienes pueden con todo.
“Se premia al que produce. Al que sonríe. Al que triunfa. Al que parece tener una vida perfecta”, señaló.
Pero, según explicó, existe una dificultad cuando llega el momento en que una persona no puede sostener ese personaje.
“Casi nadie nos enseña qué hacer cuando no podemos. Y entonces empezamos a escondernos. Primero escondemos el cansancio. Después escondemos la tristeza. Después escondemos el miedo. Después dejamos de pedir ayuda. Y finalmente podemos terminar escondiéndonos de nosotros mismos”, advirtió el profesional sanjuanino.
¿Qué tiene que ver esto con el suicidio?
Icazatti planteó entonces la relación entre el sufrimiento emocional y la conducta suicida, dejando en claro que el suicidio no puede explicarse por una única causa.
“El suicidio no puede explicarse por una sola causa. No existe una frase, una discusión, una pérdida o un fracaso que, por sí solo, permita explicar la complejidad de una conducta suicida”, explicó.
Sin embargo, consideró que hay un aspecto fundamental que debe ser tenido en cuenta: el sufrimiento humano necesita ser escuchado.
“Cuando una persona atraviesa una crisis profunda puede comenzar a sentir que su dolor no tiene salida, que es una carga, que nadie puede comprenderla o que su ausencia sería mejor que su presencia”, sostuvo Icazatti.
Frente a estas situaciones, Icazatti remarcó que existe una responsabilidad colectiva: no mirar hacia otro lado.
“No necesitamos tener la respuesta perfecta. A veces alcanza con sentarse al lado. Preguntar. Escuchar. No minimizar. No juzgar. Y, cuando existe riesgo, buscar ayuda profesional y acompañamiento inmediato”, señaló.
En ese sentido, destacó la importancia de poder hablar sobre el suicidio sin convertir el tema en un tabú.
“Porque hablar del suicidio no significa provocarlo. Hablar puede abrir una puerta”, afirmó el psicologó.
La necesidad de aprobación
Pero la reflexión del licenciado también se dirigió hacia otro fenómeno cada vez más presente: la necesidad de aprobación de los demás.
“¿En qué momento empezamos a medir nuestro valor con la mirada ajena? ¿Cuántos ‘me gusta’ necesitamos para sentir que valemos? ¿Cuántas veces necesitamos que alguien nos diga que somos importantes?”, planteó.
Y sumó otra pregunta: “¿Cuánto de nuestra vida estamos construyendo para nosotros y cuánto estamos construyendo para que los demás nos aprueben?”.
Para Icazatti, existe un riesgo cuando el valor personal queda sostenido exclusivamente por la mirada externa.
“Porque cuando el valor personal depende exclusivamente de la mirada externa, aparece una trampa: si el otro me aprueba, existo; si el otro me rechaza, siento que dejo de valer. Y eso es peligrosísimo”, explicó.
“Nadie puede vivir emocionalmente sostenido por la aprobación de los demás. La aprobación puede acariciarnos. Pero no puede construir nuestra identidad”, sostuvo.
¿De qué estamos escapando?
Otra de las preguntas que propone el especialista es “¿de qué estamos escapando?”.
“Quizás estamos escapando de nosotros mismos. De sentarnos en silencio. De preguntarnos qué queremos. Qué necesitamos. Qué nos duele. Qué estamos tolerando. Qué relación estamos manteniendo solamente por miedo a estar solos. Qué personaje estamos interpretando para que los demás nos quieran”, reflexionó.
En este contexto, Icazatti consideró que muchas veces las personas dedican grandes esfuerzos a demostrar que se encuentran bien, cuando quizá deberían permitirse expresar que necesitan ayuda.
“Vivimos muchas veces intentando demostrar que estamos bien. Cuando quizá lo verdaderamente valiente sería decir: ‘No estoy bien. Necesito ayuda’”.
Y remarcó: “Eso no es debilidad. Eso es humanidad”.
Educación emocional para afrontar la soledad
Consultado sobre dónde debería ponerse el foco para abordar estas problemáticas, Icazatti fue contundente: la educación emocional.
“Si me preguntan dónde hay que hacer hincapié, diría la educación emocional”, sostuvo.
¿Para qué? Para aprender a reconocer y atravesar situaciones que muchas veces permanecen ocultas.
“Para trabajar la soledad, la verdadera soledad, la que estás rodeado de estímulos y seguís más solo”, explicó.
También señaló la necesidad de trabajar el miedo a lo nuevo y el miedo a no ser autosuficiente, aspectos que pueden profundizar las dificultades para pedir ayuda y establecer vínculos genuinos.
La reflexión apunta así a una necesidad que atraviesa distintos ámbitos de la vida cotidiana: aprender a reconocer las propias emociones, poder expresarlas y entender que pedir ayuda no constituye una señal de debilidad.
En una sociedad donde la conexión parece permanente, Icazatti propone recuperar algo tan básico como necesario: escuchar de verdad, preguntar cómo está el otro y estar dispuesto a acompañarlo cuando la respuesta no sea “estoy bien”.




