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462 aniversario

Nuestros orígenes como sanjuaninos

La fundación de San Juan trajo consigo el nacimiento de la descendencia sanjuanina fruto del matrimonio entre  el capitán español Eugenio de Mallea y la hija del Huarpe Angaco.

Fundación de san Juan.

La historia de San Juan –desde que el capitán Juan Jufré de Loaysa y Meneses la bautizó con ese nombre en 1562- estuvo precedida por otras historias y por otras culturas que los sanjuaninos heredamos de nuestros antepasados. En sus orígenes, San Juan reconoce dos importantes matrices de su historia, de su cultura y de su raza: la matriz huarpe, por un lado, y la matriz hispánica, por otro


En efecto, nuestros abuelos por parte de madre fueron huarpes y nuestros abuelos por parte de padre fueron españoles. En ese sentido, los primeros sanjuaninos serían el fruto de la fusión de lo hispánico y de lo autóctono, constituyendo así, desde hace ya más de cuatro siglos, una nueva raza: "la quinta raza o raza cósmica" -como la calificara el mexicano José Vasconcelos-, "fruto de las anteriores y superación de todo lo pasado". Dice bien el estudioso latinoamericanista Pedro Godoy Perín refiriéndose a Nuestra América, cuando señala: "Nuestras raíces no están en el siglo XIX… sino en el siglo XVI", pues "antes de 1810 ya existíamos como entidad socio-cultural".  


De nuestro padre español nos viene el nombre de América, su religión y la lengua castellana, mestizada con vocablos de las lenguas antiguas (allentiac y quichua) que la precedieron. De nuestra madre huarpe heredamos el territorio en el que nacimos, nos criamos, nos mezclamos y nos multiplicamos. De ambos, nuestros genes, nuestra sangre, nuestra cultura, y una rica y larga historia que reivindicar como genuinamente nuestra, con nuestro pasado de pueblo conquistado en un principio, aunque también de pueblo mestizado que supo liberarse de las cadenas que lo mantuvieron sujeto a sus conquistadores por 300 años y que lleva doscientos años de independencia política de España, aunque también de sujeción económica y cultural a los nuevos imperios que surgieron a lo largo de nuestra vida histórica, condición que demanda una segunda y definitiva Independencia para poder terminar de realizarnos. 


Debido a nuestra cultura mestiza, los sanjuaninos tenemos una tonada (llantito), una forma de hablar (anteponer la o el a los nombres personales) y de pronunciar las palabras (arrastramos la "r"), ora por herencia de las lenguas huarpe y quichua, ora por los vocablos provenientes de Chile y su forma de hablar, a partir del intercambio permanente por más de dos siglos y la evolución natural de nuestra lengua y cultura mestiza, que además nos une –nos hace uno- a nuestros hermanos latinoamericanos.
El carácter mestizo de su nacimiento, prácticamente desde el día de su fundación, deparó a San Juan y a las provincias argentinas su actual estirpe y cultura indo-íbero-americana, pasando a ser parte desde entonces de una comunidad mayor de territorio, de historia y de cultura, que conforma su verdadera ascendencia y perfil histórico. 


San Juan de la Frontera
San Juan de la Frontera -en el extremo Este del Reino de Chile- fue fundada por el capitán general Juan Jufré de Loaysa y Montesa el 13 de junio de 1562. Era la tercera ciudad fundada por los españoles en lo que hoy es la Argentina, después de Santiago del Estero -madre de ciudades- (1553) y de la vecina ciudad de Mendoza (1561). Años después se fundaron las ciudades de Tucumán (1565), Córdoba (1573), Salta (1582), La Rioja (1591), San Salvador de Jujuy (1593), San Luis de la Punta (1594) y San Fernando del Valle de Catamarca en 1683 (segunda fundación).


La fundación de las ciudades cuyanas fue parte de un plan de los conquistadores españoles residentes en Chile, tendiente a unificar en una misma soberanía las tierras comprendidas entre el Mar del Sur y Mar del Norte (Océano Pacífico y Atlántico respectivamente), a lo largo y a lo ancho de esta parte del territorio americano. La región de Cuyo -territorio no explorado hasta entonces por los españoles, que abarcaba en ese momento desde una línea imaginaria entre La Rioja y Copiapó hasta el Estrecho de Magallanes- quedó incluida dentro de la gobernación de Nueva Extremadura (Chile) a partir del 11 de julio de 1541. Dicha gobernación, luego conocida sucesivamente como Reino, Gobernación y Capitanía General de Chile, dependió en un principio del súper Virreinato del Perú, fundado en 1542. El primer virreinato español en tierras americanas -el de Nueva España (México y América Central)- había sido creado en 1535, con la fundación de las primeras ciudades americanas. 


Del Virreinato del Perú dependían jurisdiccionalmente, menos Brasil, todos los territorios de lo que son hoy las repúblicas de Ecuador, Colombia, Panamá, Venezuela, Guyana inglesa y Guyana francesa, Surinam, la misma Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Chile y Argentina. En la frontera Este del Reino de Chile, San Juan nacía indisolublemente ligado al destino de Hispanoamérica: "Y en la América recién descubierta -expresa el historiador Horacio Videla-, Cuyo sumido aún en su letargo indiano, nacía hermanado bajo un mismo cetro a remotas comarcas de nutrida historia y abolengo". Y, sin acentos de altisonantes localismos que no podían surgir en dependencias de una misma corona -completa el historiador sanjuanino- los conquistadores de Chile "alcanzaron a entrever… la Patria Grande".


A partir del descubrimiento del país de Cuyo por parte de Francisco de Villagra en 1551, los conquistadores de Chile intentaron extender sus dominios hacia el Este con el propósito de unificar territorios para su mejor defensa y buscar una salida al Atlántico para acortar el camino a España, objetivo que estuvo ligado a la fundación de las ciudades cuyanas. 
La región de Cuyo se convirtió a partir de la fundación de Mendoza y San Juan en una de las once provincias o corregimientos en que se dividiera la Capitanía General de Chile, parte del Virreinato del Perú, aunque relativamente autónoma. 


La historia no vuelve atrás
La fundación de San Juan trajo consigo el nacimiento de la descendencia sanjuanina -ya ni huarpe ni hispana sino mezclada y enriquecida tanto en sus genes como en su cultura- fruto de la relación matrimonial entre el capitán español Eugenio de Mallea, segundo al mando del contingente de la treintena de conquistadores/fundadores de 1562, y la hija del Huarpe Angaco (Cacique del pueblo Huarpe desde Jáchal al valle del Tulum, según algunos historiadores). Al año siguiente de la fundación de Juan Jufré, el 20 de mayo de 1563, la hija del prominente Huarpe fue bautizada con el nombre de Teresa Ascensio (en el Día de la Ascensión), y antes de 1570, a menos de ocho años del acto fundacional, Teresa se había casado con el capitán Mallea. 


La unión de la doncella huarpe y el hidalgo español traería consecuencias "irreparables", y la historia ya no podría volver atrás: ni la historia ni los genes ni nuestra cultura ya fusionada o mestiza, porque el español Mallea y la huarpe Ascensio tendrían seis hijos, cuyos hijos e hijos de sus hijos al nacer serían igualmente originarios de esta tierra, arraigarían en ella para siempre y nos legarían su compartida herencia. De esas dos herencias o legados –de nuestros antepasados huarpes y de nuestros antepasados españoles- deriva nuestra estirpe sanjuanina, conformando nuestro antecedente germinal directo más lejano. A partir del nacimiento de los hijos de Mallea y Ascensio (Asensio o Asencio), no seríamos más españoles ni huarpes sino sanjuaninos e indo-ibero-americanos. 
En la actualidad nos identificamos como sanjuaninos, argentinos y latinoamericanos, palabra esta última que resume nuestra identidad macro nacional, identidad continental que asumían los Libertadores de nuestra Patria Grande antes de la Independencia de América, gesta en la que los sanjuaninos -ya fuertemente arraigados como tales- participaríamos en forma comprometida y decisiva. Esa historia también merece contarse.

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