Cuando la pasión por el fútbol y la camiseta calma el dolor de cualquier enfermedad
Hoy juegan Desamparados y Unión de Villa Krause por la final del Torneo Clausura. Hace trece años fue la última vez que se enfrentaron con la presencia de ambas parcialidades. Mas alla de lo deportivo hoy te contamos dos historias de vida y pasión por el fútbol que se vivieron en la previa de ese juego.
Por Sergio Andrada:
El 27 de noviembre de 2012 en el estadio del Bicentenario jugaron por Copa Argentina,Desamparados que por aquel entonces militaba en el Nacional y Unión de Villa Krause que lo hacía en el Argentino B.
El estadio pocitano recibió este partido con ambas parcialidades, quizas las mas populares de la provincia con una convocatoria muy importante en esa noche.
Más alla del resultado y de lo que se vivió, en la previa del juego en DIARIO EL ZONDA edición papel se contaron dos historias de vida muy vinculadas con el partido, con los clubes y dos hinchas muy especiales que vivieron en ese momento un dolor muy grande.
Hoy a 13 años de ese juego revivimos la historia de Sergio Jofré diagnosticado con una grave enfermedad dias previos al partido. Una década y algo mas la peleó, la luchó y con la ayuda de Dios y del fútbol sigue despuntando la pasión por Unión de Villa Krause.
Vanesa Chaparro, con apenas 22 años perdió a su padre a pocos días de cumplir años, también en la previa del partido. Su papá Pablo le transmitió la pasión por Desamparados y a pesar de la perdida importante el futbol, la camiseta y su profesión la ayudaron a seguir adelante.
Tomate unos minutos y con tranquilidad lee la historias.
"Para el dolor del alma, 90 minutos de pasión"
A veces no encontramos el remedio justo para nuestro dolor. Una buena dosis de pasión futbolera puede contribuir a la sanación del alma en pena.
Seis y cuarto de la tarde. Encerrada en su pieza, aún no encuentra el remedio para curar tanto dolor. Tanta tristeza junta. Con apenas 22 años cumplidos, Vanesa no entiende cómo la vida le jugó en contra y la dejó en offside. Sola y con una amargura difícil de superar.
El teléfono suena, por enésima vez en el día. Ya está cansada de él. En todas las llamadas y los mensajes respondió lo mismo: "No me siento bien y no tengo ganas de ir".
No fue una pelea de noviazgo. Perdió algo muy importante. Algo que amaba mucho. Pablo ya no está.
Y si no está, no hay ganas de ir a la popular, ni a la platea. No hay previa con charlas de fútbol entre quién debe jugar de central o si el delantero debe ser rápido por las puntas o jugar por el centro del área.
Esas charlas eran imperdibles, ella terminaba ganando siempre. Sabe de fútbol un montón... Y como no saber, si desde los cinco años supo ir a la popu a pleno sol en la parte más alta de la tribuna puyutana. Ella sabe todos los cantos, pero hay uno en especial que se lo enseñó Pablo.
El golpe en la puerta la vuelve a la realidad. ¿Teléfono, Vane? ¿Preguntan si te pasan a buscar?
La respuesta es la misma que la de hace rato: "No voy a ir". Pablo ya no está y parece que la vida terminó. El fútbol parece no tener sentido.
Las lágrimas vuelven a correr por sus mejillas. Ya no son tantas como las del lunes, cuando por primera vez, en 22 años, Pablo no le dijo: "Feliz cumple, mi Negrita".
Esta vez no lo escuchó y daría la vida por sentirlo de nuevo. De nada valieron los más de 200 mensajes en el facebook, de nada sirvieron las voces de aliento. No hay consuelo para tanto dolor.
Sentada en la cama y apoyada contra la pared, su mirada se pierde en la ventana. Escucha de fondo, gritar a sus vecinos. Ellos ya se van al Bicentenario para alentar al Puyutano.
Eso la vuelve de nuevo al pasado. Pablo solía vestirla de verde por completo. Le ponía la camiseta, si hacía frío le colgaba en su cuello la bufanda verde y blanca y el gorro de lana en la cabeza. Hasta los guantes hacían juego. Si hacía calor, solo la camiseta. ¿Cuántas veces fueron de la mano por calle Roger Ballet gritando: ¡Dale verde..., dale verde..., dale verde! Ya no son algunas. Ahora es un río de lágrimas.
Es el primer partido de local que juega Desamparados y no podrán estar juntos en la tribuna. No lo entiende y es una puñalada grande clavada en su corazón.
El sonido casi silencioso de su reloj marca que son las ocho de la tarde. Casi está oscuro. En su pieza, solo hay una tenue luz, es la de su lámpara que está en la mesa de luz.
Allí también está su cajita musical, esa que le regaló Pablo cuando cumplió quince. Le da cuerda y comienza a sonar esa música suave y tranquilizadora.
De repente, y como por arte de magia, de esa cajita sale una canción especial... "No veo la hora que llegue el domingo, me voy para Desamparados a ver al gran campeón... Pídeme la luna, te la bajaré, pídeme más plata, yo te la daré, pero no me pidas que no venga más, porque Sportivo es mi enfermedad..."
Justo la canción que le enseñó Pablo, la que cantaba siempre con él. Fue una señal. Saltó de la cama, de su cómoda sacó la camiseta y le gritó a su hermano: "Llevame a la cancha".
Llegó a tiempo. Se ubicó en lo más alto de la tribuna sur. Para estar más cerca del cielo, más cerca de Pablo, más cerca de su papá. Ése que le enseñó qué es la pasión puyutana.
El remedio para cualquier enfermedad
No hay dolor que resista a la pasión del fútbol. En 90 minutos y aún en el sufrimiento de los penales, un hincha puede encontrar la paz que busca. Y más allá de que la enfermedad esté allí después del pitazo final, sabrá que fue feliz con un triunfo de su equipo favorito.
La puerta del consultorio se cerró. Su espalda quedó pegada a ella. Con los ojos cerrados por un instante, sintió que el mundo se venía encima.
Por su cabeza, en un instante, pasaron miles de imágenes: la niñez, la calle Rivadavia, los amigos de la villa San Damián, la vieja pelota de cuero duro, los guantes viejos de arquero, los botines que le compró su abuelo, la adolescencia, la primera camiseta azul, la primera entrada después de un partido, aquel gol de Cortijo, el campeonato del 2006, su mamá, su papá, el sufrimiento, la felicidad, la tristeza, Unión de Villa Krause.
—¿Señor se siente bien?
La pregunta de la secretaria del consultorio médico lo vuelve a la realidad. No lo esperaba. Ni siquiera se le cruzó por la cabeza.
Sergio Fabián imaginaba que la acidez que sentía o el malestar estomacal era producto de los nervios, previo a cada partido.
Ya lo había notado hace un par de meses. Nunca pensó… todo el crédito de sus malestares se lo llevaban los partidos con Del Bono, Alianza y los penales.
—Sí, estoy bien ya salgo.
La voz de Sergio Fabián no era la misma. Al entrar solo pensaba en el partido del miércoles con Desamparados.
Pero, como le suele pasar los malestares volvían. Por eso es que se vinieron las cataratas de estudios. Clínicos, ecografías, tomografías, estudios y más estudios.
—¿Le llamo un remis? —Volvió a insistir la secretaria con buena voluntad.
—No, está bien. Vine en la moto. Gracias.
Mientras Sergio Fabián sacaba el candado que le daba seguridad a su moto gris, pensaba. Si, eso hacía: pensar.
No había cuestionamientos. Él es un hombre de pocas palabras, simple y de un corazón enorme. Tan tranquilo como agua estancada. Quizá por eso se entendía que no hubiera corrido una lágrima por su mejilla.
Es más, la única vez que se lo vio emocionado, el único testigo fue su hermano Ricardo. Fue en 2009, cuando en un abrazo interminable, después que Unión consiguiera el ascenso al Argentino B, ambos dejaron ver su emoción.
Después de eso, nadie lo vio llorar, ni siquiera cuando el 10 de noviembre de 2010, Unión se fue al descenso.
El teléfono suena. "Unión, Unión, te sigo a todos lados…" es el canto de la hinchada que quedó grabado después del partido con Alianza por la Copa. Desde ese día es su ringtone.
Lo mira y después de meditarlo responde.
—Sí, ya salí, no es nada. Me dieron unos remedios y estaré listo en un par de días. Le responde a su mamá Beba
Breve y sin demasiada explicación. Fabián sabe que no ha terminado de decir la verdad. La realidad es otra. Pero no hay tiempo para el lamento.
Los destinos que tiene son varios. Otra interconsulta. Otro médico. Otra opinión.
Pero rompe con los pronósticos. Casi como que va aceptando la verdad. La realidad es dura, pega fuerte, pero hay que afrontarla.
El primer paso es la iglesia de la Medalla Milagrosa.
—Virgencita, no te vengo a pedir que me cures. No vengo a pedirte un milagro. Solo vengo por un poco de aliento y bendiciones para saber enfrentar esta situación.
El rezo lo escuchó un anciano que se encontraba cerca y se sorprendió.
Sergio Fabián ya había tomado su decisión: enfrentar la realidad. Y esa realidad es seguir. Y por ese camino se echaría a andar.
Fue en búsqueda de su remedio. No lo encontró en la farmacia de la esquina. No. Fue lejos de allí.
Lo que le sobró de la consulta médica le alcanzó para comprar una popu. La entrada número 524 es de su propiedad. Esa es la vitamina que le hace falta para levantar el ánimo.
El resto del tratamiento será en la noche del miércoles.
No será una sesión de quimioterapia. Será una sesión de fútbol, de pasión, de amor incondicional por la camiseta, una noche de Copa Argentina, una noche que sin importar el resultado va a disfrutar como ninguna, una noche en la que pensó olvidarse que el doctor le dijo que tenía un tumor cancerígeno.