Los recientes sismos registrados en Colombia y Venezuela volvieron a poner en agenda un interrogante que en Argentina no pierde vigencia: qué nivel de exposición real existe frente a un terremoto de gran magnitud. La respuesta, según el geólogo Andrés Folguera, apunta sobre todo al oeste y al noroeste del país, donde los antecedentes históricos confirman que el peligro no es hipotético.
“La ciudad de San Juan fue destruida dos veces por sismos de esta magnitud. Mendoza también. Las localidades de Jagüey, Vinchina y La Poma sufrieron destrucciones totales o parciales por terremotos equivalentes”, explicó Folguera en Infobae en Vivo. El especialista sostuvo además que la ausencia de grandes eventos en los últimos años no reduce el riesgo de fondo, ya que la ocurrencia de un sismo de estas características depende de factores de tiempo y azar.
En ese marco, el geólogo remarcó que la actividad sísmica del país se concentra en provincias como Salta, Mendoza, Catamarca, La Rioja y hasta Córdoba, donde las fallas activas se desplazan de manera permanente. Según explicó, los temblores de baja magnitud forman parte de la rutina en esas regiones, pero cada varias décadas puede liberarse una energía mucho mayor con consecuencias destructivas.
Folguera advirtió que el problema no se limita a la geología, sino también a la planificación urbana. Señaló que muchas de las principales ciudades están construidas sobre fallas activas y que, en numerosos casos, no se las interpretó ni se las atendió con la profundidad necesaria. Por eso, insistió en que el mapa de fallas activas disponible en la actualidad debería ser una herramienta central para orientar la expansión urbana y exigir construcciones sismorresistentes.
Sobre la posibilidad de anticipar un terremoto, el especialista fue categórico: la ciencia todavía no permite saber con exactitud cuándo ocurrirá un sismo. Sí existen estudios avanzados en algunos países, como China, pero aún no hay una aplicación masiva que permita convertir esos desarrollos en una predicción confiable. Lo que sí puede hacerse, afirmó, es identificar zonas de mayor probabilidad y actuar en consecuencia.
En ese punto, la prevención aparece como la principal diferencia entre un evento con daños limitados y una tragedia mayor. Folguera puso como ejemplo a Japón, donde la aplicación estricta de normas de construcción permitió atravesar terremotos recientes con bajo número de víctimas y sin colapsos estructurales. Para el caso argentino, advirtió que la infraestructura actual podría no ser suficiente para enfrentar una catástrofe de gran escala.
El geólogo mencionó, además, un informe reciente del Colegio de Ingenieros de Mendoza, según el cual entre el 30% y el 40% de las construcciones de esa provincia no cumple con la normativa vigente. A su criterio, ese dato obliga a mirar con atención la situación de otras jurisdicciones con alta actividad sísmica, como Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja.
La conclusión es clara: el riesgo sísmico en Argentina no puede pensarse como una amenaza lejana ni excepcional. La combinación de fallas activas, crecimiento urbano y controles insuficientes deja expuesta a una parte significativa de la población. En ese contexto, la aplicación efectiva de normas sismorresistentes y una planificación territorial basada en evidencia aparecen como las principales herramientas para reducir daños y salvar vidas.




