Por Fernando A. Ocampo Bravo
Analista Internacional
La inteligencia artificial (IA) y las armas nucleares son, por separado, dos de los avances más notables e inquietantes de la humanidad. Una simboliza la cúspide de la innovación tecnológica; la otra, el abismo del potencial destructivo. Pero, ¿qué sucede cuando estas dos fuerzas convergen? La posibilidad de que sistemas autónomos tome decisiones en un contexto nuclear plantea preguntas éticas y estratégicas, poniendo en cuestión los principios fundamentales de la responsabilidad y estabilidad global. Esto ya se había pensado en la época de la guerra fría, se ha perfeccionado hasta la actualidad y es poco sabido en el ambiente civil.
La amenaza de una guerra global se cierne sobre el mundo cada vez que una de las potencias se involucra en un conflicto bélico. Las consecuencias de un enfrentamiento de estas magnitudes siempre giran en torno a la destrucción total de uno de los países. Al respecto, Rusia contempla la posibilidad de un ataque devastador y podría accionar “Mano Muerta”, un sistema que solo se pondría en marcha ante la muerte de Vladimir Putin y la totalidad de la cúpula militar. Para ello, desarrollaron “Perimeter”, también conocido como “Mano Muerta”. Y, como su nombre lo indica, se trata de una medida que solo se accionaría ante la muerte total de sus líderes, no solo de su presidente. Para ser accionada, la línea sucesoria y la cúpula militar del Kremlin deberían quedar neutralizadas. Ante este escenario de anarquía total, producto de un ataque de los submarinos estadounidenses, el comando nuclear del ejército rojo desataría el infierno.

Este sistema fue ideado en 1974 y entró en funcionamiento en 1985, con silos de lanzamiento de misiles en Vypolzovo y Kostroma, 150 y 230 kilómetros al noroeste de Moscú respectivamente. En los últimos años de existencia, e incluso posteriormente a su caída, fue actualizado con las nuevas innovaciones balísticas de Rusia, la nación sucesora de la tecnología soviética.
Las fuerzas militares rusas cuentan con 700 portadores de armas nucleares, entre bombarderos estratégicos, submarinos nucleares y silos de misiles balísticos intercontinentales.
Poco se sabe que algunos de ellos pueden operar de forma autónoma y atacar posibles objetivos enemigos, incluso si todo el territorio del país es destruido después de un ataque nuclear.
Este sistema se llama “mano muerta”. Pero, ¿cómo funciona?.
¿Qué es la “mano muerta”?
El “Sistema Perímetro”, denominado en EE UU y Europa “mano muerta”, es un sistema de control automático de un ataque nuclear de represalia.
En pocas palabras, si el territorio de Rusia es devastado tras un ataque nuclear, el Sistema Perímetro ataca automáticamente el territorio del enemigo con sus propios misiles nucleares.
¿Por qué se creó?
Tras la Guerra Fría, el mando militar soviético comprendió que sólo se necesita un misil nuclear para destruir un puesto de mando que opere instalaciones nucleares.
También estaba claro que los medios de guerra radioelectrónica evolucionarían y podrían bloquear los canales de control estándar de las fuerzas nucleares estratégicas.
Por ello, los militares necesitaban un plan de respaldo fiable para garantizar un ataque de represalia desde todos los silos de misiles intercontinentales con misiles nucleares.

Nuevo concepto de arma
Para cumplir la tarea, los ingenieros soviéticos decidieron crear un misil balístico intercontinental (ICBM) que se utilizaría como centro que, tras su lanzamiento, activaría todos los demás silos de proyectiles atómicos en el territorio soviético y los enviaría hacia el enemigo.
El nuevo misil se colocaría en un silo de nueva construcción (que puede soportar un impacto nuclear directo) con coordenadas de vuelo preinstaladas y señales de radio que enviaría a los misiles durante su vuelo.
¿Cómo se creó?
Se eligió un UR-100N (un misil balístico intercontinental codificado como SS-19 Stiletto por la OTAN) como base para la nueva arma. Especialmente para ella, los ingenieros crearon una nueva ojiva dotada de un potente equipo de transmisión por radio.
La construcción comenzó a mediados de los años 70 y, a finales de la década, el prototipo fue enviado a pruebas militares. Las primeras pruebas demostraron que el misil era capaz de volar 4.500 km a una altitud de 4.000 metros y de enviar con éxito señales de radio a otros objetos durante su vuelo.
En cinco años, el mando militar realizó “pruebas de batalla” para comprobar si la nueva arma era capaz de abrir un silo real y enviar el misil nuclear más potente del país a un punto designado.
En noviembre de 1984, el cohete de mando fue lanzado desde la RSS de Bielorrusia y consiguió transmitir una orden de lanzamiento a un silo lanzador cerca de Baikonur, en Kazajstán. El ICBM R-36M que despegó del silo (según la codificación de la OTAN, el SS-18 Satán) alcanzó con éxito su objetivo en una zona determinada del polígono de pruebas de Kura, en Kamchatka, después de haber probado todas las etapas.
Así, la nueva arma demostró ser capaz de viajar por todo el territorio soviético, al tiempo que enviaba órdenes operativas a lo largo de su camino a otros misiles balísticos intercontinentales.
En 1985, el nuevo sistema fue adoptado por el ejército y se sigue utilizando hasta hoy para proteger el territorio ruso.
La “mano muerta” en la actualidad
No sólo consta de misiles, sino también de radares a lo largo del territorio de Rusia y de satélites que recogen información del espacio. Se trata de un complejo sistema informático que analiza constantemente una amplia gama de parámetros: actividades sísmicas, niveles de radiación, así como monitorea los datos de los sistemas de alerta de misiles colocados junto al territorio.
“El sistema pasó por varias modificaciones a lo largo de los años de explotación. En primer lugar, Rusia integró en él nuevos medios de inteligencia radioeléctrica, como los radares de la clase Vorónezh, capaces de detectar lanzamientos de misiles hasta 7.000 km de distancia. En segundo lugar, los ingenieros modificaron su ojiva para que resistiera los nuevos medios de guerra electrónica que apagan las señales de radio”, afirma Iván Konoválov, director de Desarrollo de la Fundación para la Promoción de las Tecnologías del Siglo XXI.
Según él, los misiles de la “mano muerta” están en la línea de recibir bloques de misiles hipersónicos. Estos bloques le permitirán volar a una velocidad de 5-7 km/s.
“Los nuevos misiles se integrarán en el ejército junto a los nuevos ICBM de la clase Sarmat. Estos últimos misiles se incorporarán al ejército a mediados de la década de 2020. Entonces, la versión hipersónica modificada de los misiles de la mano muerta aparecerá junto a ellos”, afirma el experto.
Para enero de 2024, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) informó que el mundo poseía un total de 12.121 cabezas nucleares para esa fecha, de las cuales unas 9585 se encontraban en arsenales militares para “su uso potencial”.
El SIPRI también especificó que Rusia desplegó unas 36 ojivas más en fuerzas operativas respecto al último relevamiento de 2023. En total, el Kremlin poseería alrededor de 5580 ojivas nucleares, de las cuales 4380 están desplegadas o almacenadas, y más de 500 plataformas de lanzamiento.
Pese a los tratados de no proliferación, Moscú refuerza aún más su estrategia de disuasión en medio del conflicto latente con Ucrania y sus aliados occidentales en la OTAN. Si se produce una guerra total y el escenario es desfavorable, el Kremlin y Vladimir Putin cuentan como “Mano Muerta” como recurso final


