Cuando ellas ya no pueden hablar, nos toca hablar a todos
No era una nena de 14 años con un hombre de 33.
Era un hombre de 33 años con una adolescente de 14.
Y aunque parezca una diferencia mínima en las palabras, es una diferencia enorme en la manera de mirar los hechos. Porque durante demasiado tiempo hemos aprendido a observar a las víctimas antes que a los violentos.
¿Qué hacía ahí?
¿Con quién estaba?
¿Por qué salió?
¿Dónde estaban los padres?
¿Cómo estaba vestida?
Las preguntas cambian de dirección una y otra vez, como si buscáramos desesperadamente alguna explicación que nos permitiera creer que esto no podría pasarnos. Pero la respuesta nunca estuvo en ellas.
No es ella.
No es la madre.
No es la familia.
No es la ropa.
No es la hora.
No es el lugar.
La responsabilidad siempre es de quien ejerce la violencia.
Hoy el nombre de Agostina duele.
Duele porque tenía proyectos.
Duele porque tenía sueños.
Duele porque tenía una historia que todavía estaba empezando a escribirse.
Y duele porque detrás de cada nombre hay una familia que jamás volverá a ser la misma.
Una hija menos.
Una nieta menos.
Una amiga menos.
Y para muchas mujeres, un poco más de miedo.
Porque las mujeres aprendieron desde muy chicas a vivir con el miedo como si fuera una condición natural de la existencia.
Aprendieron a mandar mensajes cuando llegaban.
A compartir ubicaciones.
A caminar mirando hacia atrás.
A sostener las llaves entre los dedos.
A cambiar de vereda.
A fingir llamadas.
A estar alertas.
Les enseñaron a cuidarse.
Pero pocas veces nos preguntamos por qué son las mujeres quienes tienen que aprender tantas estrategias para sobrevivir.
La violencia no empieza cuando una mujer desaparece.
La violencia no empieza cuando aparece una noticia en los medios.
La violencia no empieza cuando ocurre un femicidio.
Empieza mucho antes.
Empieza cada vez que se justifica el control sobre otra persona.
Empieza cuando se naturalizan los celos.
Empieza cuando se confunde amor con posesión.
Empieza cuando se enseña que el poder vale más que la empatía.
También empieza cuando a muchos niños se les prohíbe sentir.
"No llores."
"No tengas miedo."
"No seas débil."
"No seas sensible."
"No seas como una nena."
Detrás de esas frases aparentemente inofensivas se construyen formas de entender la masculinidad donde la vulnerabilidad queda prohibida.
Entonces muchos hombres aprenden a expresar enojo, pero no tristeza.
Aprenden a expresar control, pero no miedo.
Aprenden a expresar agresividad, pero no dolor.
Y cuando una sociedad autoriza una sola emoción, las demás no desaparecen.
Se esconden.
A veces se transforman en sufrimiento.
A veces en silencios.
A veces en adicciones.
Y otras veces, en violencia.
Por eso la pregunta urgente de nuestro tiempo no es solamente cómo proteger a las mujeres.
La pregunta es cómo estamos criando a nuestros niños.
Cómo estamos enseñando a los adolescentes a vincularse.
Cómo construimos masculinidades que no necesiten demostrar poder para sentirse valiosas.
En Argentina ocurre un femicidio cada 36 horas.
Detrás de esa cifra hay nombres.
Agostina tenía 14 años.
Dulce tenía 17.
Y el país entero repite sus nombres.
Los repite en las noticias.
Los repite en las redes.
Los repite en las conversaciones.
Los repite porque ellas ya no pueden hacerlo.
Y quizás la forma más profunda de honrar sus vidas sea dejar de preguntarnos qué hicieron ellas para llegar hasta allí y empezar, de una vez por todas, a preguntarnos qué estamos haciendo nosotros como sociedad para que esto siga ocurriendo.
Porque cuando una mujer es asesinada por el solo hecho de ser mujer, no fracasa solamente un individuo.
Fracasamos todos.
Lic. María Valeria Alvo
Psicóloga