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Desde el sector privado

Dos caras de un mismo mercado: reconversión o resignación en la vitivinicultura sanjuanina

Entre la adaptación productiva y la resignación al achique, la vitivinicultura sanjuanina debate su futuro: mientras los viñateros independientes impulsan una reconversión con financiamiento y reglas claras, desde la Cámara Vitivinícola asoma un discurso que asume la exclusión y la pérdida de superficie como un destino inevitable

Dos caras de un mismo mercado: reconversión o resignación en la vitivinicultura sanjuanina

La vitivinicultura sanjuanina atraviesa una encrucijada que ya no admite diagnósticos tibios. La necesidad de reconversión productiva dejó de ser una discusión teórica para convertirse en una condición de supervivencia. Sin embargo, detrás de ese consenso aparente conviven dos miradas muy distintas sobre cómo enfrentar la crisis y, sobre todo, sobre qué futuro se le propone a los productores.
Desde la Asociación de Viñateros Independientes, su presidente, el ingeniero Juan José Ramos, lo plantea con claridad y sin eufemismos. "Como asociación fuimos los primeros en plantear la necesidad de una reconversión. Nuestra propuesta fue más humilde porque planteábamos que solo fueran 5.000 hectáreas", recuerda el histórico dirigente. Su enfoque parte de una premisa realista: el mercado cambió y el sector debe adaptarse a esas nuevas condiciones, aun sabiendo que el costo de hacerlo recae, en primera instancia, sobre el productor.
Ramos no desconoce las dificultades. Sabe que reconvertir implica inversiones fuertes, plazos largos y riesgos elevados en un contexto macroeconómico adverso. Por eso insiste en que sin herramientas financieras adecuadas el cambio es inviable. "Necesitamos líneas de crédito con tasa baja, con al menos tres años de gracia y cinco para devolver el crédito", subraya. Al mismo tiempo, advierte que no hacer nada también tiene consecuencias: "Si no se produce el cambio, a la larga o a la corta, muchos quedarán fuera del esquema productivo".
Los números respaldan su preocupación. A principios de los años 2000, San Juan contaba con unas 45.000 hectáreas cultivadas con vid. Hoy, el registro ronda las 35.000, aunque en producción efectiva no superarían las 30.000. La contracción ya ocurrió, y sigue ocurriendo. Para Ramos, la clave está en evitar que ese proceso sea desordenado y expulsivo. De allí su pedido de mantener regulaciones que ayuden a reducir excedentes y de compensar el atraso cambiario que afecta a quienes exportan.
Del otro lado aparece una mirada mucho más pesimista, representada por las declaraciones de Pablo Martín, presidente de la Mesa Vitivinícola. Su diagnóstico es crudo y, en muchos puntos, pero deja al descubierto un problema más profundo: la ausencia de una estrategia para crear oportunidades que permitan salir de la crisis. En lugar de discutir cómo transformar la vitivinicultura sanjuanina, el discurso parece orientado a justificar su achicamiento.
Cuando Martín afirma que la reconversión "es una propuesta muy simple y demasiado económica" y que "los principales parrales a erradicar son viejos y no se pueden reconvertir", en los hechos está aceptando que una parte sustancial del sistema productivo quedó fuera de juego. Lo que no aparece es una propuesta para que esos productores no queden definitivamente excluidos. Si reconvertir es difícil y caro, el rol de la dirigencia debería ser construir los mecanismos financieros, comerciales y tecnológicos para hacerlo posible, no darlo por perdido.
El propio sector aporta ejemplos de sus deudas estructurales. Apenas el 22% de la superficie cuenta con riego tecnificado; el resto sigue utilizando riego a manto. Parte de esa realidad se explica porque el agua de río continúa siendo barata, lo que desincentiva inversiones, pero también porque cambiar implica romper paradigmas históricos que hoy ya no son viables. Aun reconociendo las deficiencias del sistema de distribución, hay una responsabilidad ineludible del productor puertas adentro, en la mejora de canales internos y en la eficiencia intrapredial.
Más preocupante aún es la lógica que se desprende cuando Martín plantea dudas sobre si "realmente existe el mercado rentable para las nuevas variedades". En la vitivinicultura moderna, los mercados no se esperan: se construyen. Se construyen con acuerdos de largo plazo, con integración entre viñateros y bodegas, con inteligencia comercial y con políticas públicas que acompañen. Dudar de antemano de la rentabilidad sin intentar crearla es, en los hechos, una forma elegante de no hacer nada. Y además, el mercado no se limita al vino: el mosto, las pasas y la uva de mesa aparecen hoy como alternativas incluso más rentables.
Paradójicamente, Martín reconoce que sin "cuatro años de gracia y tasa cero" la reconversión es inviable. Ese punto es clave, porque confirma que el problema no es técnico sino político y financiero. Pero otra vez el planteo se queda en la queja y no en la construcción de una agenda concreta que obligue al Estado y al sistema financiero a poner esas herramientas sobre la mesa.
El discurso se completa con el eje hídrico. "Hoy San Juan va derecho a secarse", advierte, aludiendo al cambio climático, la minería en las nacientes de los ríos y la ineficiencia en la distribución. El diagnóstico es real, pero utilizado de este modo funciona como un argumento de resignación. Si todo está condenado por factores externos, entonces no hay margen de acción. Esa lógica omite que el propio sector tampoco invirtió lo suficiente en eficiencia del uso del agua, un aspecto central para cualquier estrategia de sostenibilidad.
La frase final —"la reducción de parrales será irreversible"— resume una postura que enciende todas las alarmas. No porque la crisis no exista, sino porque desde la conducción se renuncia a disputar un futuro distinto. Entre la reconversión con apoyo, planificación y crédito, y la resignación al achique, la vitivinicultura sanjuanina se debate hoy entre dos caras de un mismo mercado. La diferencia no está en el diagnóstico, sino en la voluntad de pelear por una salida que incluya, en lugar de aceptar la exclusión como destino.

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