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Una Nación sin conciencia histórica

El "ser nacional" y la negación del pasado

La lectura de ¿Qué es el ser nacional? invita a revisar las contradicciones del presente argentino y latinoamericano, marcado por la negación de su pasado y la ausencia de un proyecto colectivo capaz de integrar historia, identidad y destino.

A dos siglos y algo más de la Revolución de Mayo, y ya en curso desde hace dos décadas y media el siglo XXI, no parece que el pensamiento argentino actual dé respuesta a los problemas que arrastramos de un pasado sin resolver. Con seguridad, esos problemas no los resolverá la azarosa ley del mercado o algún organismo internacional o país extranjero. En semejante situación de vacío e indigencia política e ideológica, nos parece encontrar algunas claves para entender esos problemas en los textos del pensamiento nacional clásico; en este caso, en el texto de Juan José Hernández Arregui "¿Qué es el ser nacional?".  

Dicho texto nos conecta con una de nuestras grandes carencias -la falta de una conciencia nacional integral-, agudizada por esas extrañas razones del presente que creen tener futuro apelando al desconocimiento de nuestro pasado y de nuestra identidad como argentinos y americanos, cuando en realidad no podemos entender el presente sin conocer el pasado, pues como decía el Dr. Manuel Belgrano en sus "Escritos Económicos" (uno de los primeros textos clásicos del pensamiento nacional): "el pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y porvenir". 

En verdad, para reconocernos como argentinos y latinoamericanos, resulta necesario y determinante conocer la historia de América -nuestra propia historia- y en particular nuestro propio antecedente histórico fundacional, cuando nacimos como indo-hispano-americanos, pues, como bien decía Simón Bolívar en el Discurso de Angostura de 1919, desde nuestro nacimiento mestizo y después de trecientos años de existencia, ya no éramos indios ni españoles o europeos sino americanos. 

"La exigencia de ahondar en la realidad de la América Hispánica -dice Juan José Hernández Arregui en su búsqueda del "ser nacional"-, responde al imperativo de contemplarnos como partes de una comunidad mayor de cultura, que no niega las partes, sino que reivindica el todo. Y en tal orden, el estudio de la historia hispanoamericana es la substancia de nuestra formación como argentinos". 

Ciertamente, si no nos concebimos como un todo, a la par de no reconocernos en nuestra original identidad nacional común, seríamos tantas partes como etnias, pueblos, ciudades, provincias, Estados e individuos existen (dificultad agravada por el fenómeno de fragmentación e individualismo extremo que padecemos, que no logra unir las partes con el todo). 

A eso apuntan los que quieren dividirnos objetiva y subjetivamente, con argumentos académicos, ideológicos o sencillamente a-históricos, que nos restan personalidad y fuerza como comunidad nacional para alcanzar un futuro promisorio en el mundo altamente competitivo, arbitrario y codicioso que nos toca.

Algunas precisiones

Aunque desde el principio de su libro Hernández Arregui nos previene sobre la provisoriedad del término "ser nacional" y "en qué medida puede ser utilizado por pura economía del pensamiento y nada más", nos advierte también que "ningún libro escrito con pasión nacional equivoca la elección de los problemas. Y el problema aquí planteado es fundamental": el de la condición nacional de toda América Latina y el Caribe. 

Hernández Arregui la define así: "Una comunidad establecida en un ámbito geográfico y económico, jurídicamente organizada en nación, unida por una misma lengua, un pasado común, instituciones históricas, creencias y tradiciones también comunes conservadas en la memoria del pueblo…", que "se manifiesta como conciencia antiimperialista" y "como voluntad nacional de destino".

A propósito, Roberto A. Ferrero sostiene en "Tres historias del Caribe" respecto a "las Antillas inglesas": "Vistas desde una dimensión geográfica y geopolítica, como países del Caribe, pertenecen indudablemente a la América Latina -como efectivamente pertenecen las islas de Martinica y Guadalupe, dominios franceses de civilización latina- determinación general ésta a la que se suman -en el caso de la actual República de Trinidad y Tobago- aspectos particulares "latinoamericanizantes" por decir así, que justifican incluir la historia y las luchas del pueblo trinitense en el escenario del Caribe latinoamericano". 

Pues bien, si desglosamos la definición de Hernández Arregui, descubrimos que ese "ámbito geográfico y económico" -Indo-Hispano-América-, era ya uno solo antes de la Independencia; de que el hecho de que esa comunidad estuviera "jurídicamente organizada en nación" antes de liberarnos de España, resultaba un factor a favor nuestro; que al estar esa comunidad nacional "unida por una misma lengua y un pasado común", amalgamado durante trecientos años, nos convertía culturalmente de hecho en una misma Nación, aparte de estar adelantados respecto a otras naciones o pseudo naciones con problemas de identidad, expresión y comunicación entre sí, de los que habla Eric Hobsbawm en sus reflexiones sobre "Naciones y Nacionalismo desde 1870" (1992); que dicho pasado común pertenecía ya al pueblo criollo americano a partir de su existencia mestiza como nuevo pueblo, constituyendo esos trecientos años anteriores a la Independencia de España nuestra primera gran experiencia conjunta como comunidad nacional y como "comunidad superior de cultura"; que las "instituciones históricas" que heredamos a partir de la Independencia formaban parte de la experiencia común de españoles (una minoría), criollos (ya la mayoría), indígenas, negros y otras minorías fusionadas o mestizadas; que las "creencias y tradiciones también comunes conservadas en la memoria del pueblo" ya no podían ni pueden ser negadas, hacerlas desaparecer o dejarlas de reconocer (como si nunca hubieran existido) después de centenas de años de una experiencia común, porque ya forman parte de nuestra propia cultura e identidad nacional americana; que la conciencia identitaria común y a la vez diferenciadora de otras naciones del universo constituye nuestra más alta expresión de conciencia nacional contra todo poder extranjero; y que todo ello fundamenta la propia y singular "voluntad nacional de destino" común de América Latina y el Caribe.

Hoy, ese ámbito, esas instituciones históricas, aquellas creencias y tradiciones, y la conciencia política y voluntad de destino común que supo expresarse con vigor y contundencia a nivel latinoamericano tanto en la guerra de nuestra Independencia como en la guerra patriótica de 1982 contra el imperio británico y la OTAN, han sido fragmentadas y desnaturalizadas por los intereses ajenos a nuestra existencia y voluntad como Nación, y estamos a pasos de desaparecer como tal si no le oponemos remedio a semejante destrucción y disolución de nuestra conciencia política, de nuestras tradiciones nacionales a todo nivel, de nuestra economía e  incluso de nuestro territorio.

La vuelta a las fuentes de nuestro "ser nacional"

El mismo Hernández Arregui, considerado un intelectual de la izquierda peronista en su época, manifestaba la obligación de buscar en la historia pasada nuestras raíces e identidad nacional, por lo que se imponía "retroceder a España, y al hecho de la conquista, calar en las culturas indígenas y en el período hispánico", sin negar, desconocer uno u otro aspecto y factores de nuestros orígenes e identidad. Solo así y desde allí -pensaba- podría y puede salir ileso, incólume y fortalecido nuestro nacionalismo integral latinoamericano, "apto para restituirnos nuestro pasado (completo y real), y a través de la conciencia histórica del presente, abrirnos a un porvenir (y a una visión) de grandeza". 

Por el contrario, "la negación del pasado sería cegar las fuentes de la comunidad nacional en las que las tendencias espontáneas y profundas del pueblo se alimentan". Hoy, en ese sentido, la indigencia de nuestra conciencia histórica resulta trágica. 

Cabe preguntarse entonces dadas aquellas condiciones y circunstancias históricas, ¿podría haberse evitado la llegada de los españoles o de algún otro imperio a nuestro Continente? ¿O impedir que algunas tribus nativas apoyaran al imperio español en su conquista, impulsadas a desasirse de la opresión a la que estaban sometidas por los imperios indígenas dominantes? ¿Estaban las tribus e imperios de la época en condiciones de imponer técnica y militarmente su poder al poder que pretendía conquistarlos? ¿Podría haberse eludido la mestización inmediata que se produjo (como no había ocurrido entre conquistadores y conquistados en otros lugares de la tierra), que, más allá de aquellas circunstancias, dio vida al pueblo indo-ibero-americano, hoy reunido en la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe? ¿Se puede cambiar el tiempo pasado? ¿O se debe actuar sobre las realidades heredadas para lograr una nueva síntesis que nos represente como Nación inconclusa todavía? 

De hecho, cuando logramos nuestra independencia de España, ya no éramos indígenas ni españoles, y una mayoría mestiza y criolla conforma desde entonces la mayoría del pueblo latinoamericano, aunque con sus partes separadas y aisladas entre sí y con flagrantes desigualdades y precariedades que requieren una pronta y definitiva intervención de parte de los propios latinoamericanos.

Y tan cierto como que el siglo XXI nos encontró divididos y dominados, es que no estamos divididos porque somos subdesarrollados, sino que somos subdesarrollados porque estamos divididos política y económicamente y despatriados, disociados y desorientados espiritual, intelectual y culturalmente, de modo que, se hace necesario encaminar la historia hacia una nueva síntesis que reconcilie el pasado con el presente y cambie un presente de infortunios por un mejo

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