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Pensamiento crítico latinoamericano

La "transculturización" y el desafío de las nuevas generaciones

Más allá del multiculturalismo, la dominación cultural global impone una agenda que diluye identidades nacionales. La urgencia: fortalecer una conciencia histórica latinoamericana que permita construir unidad, soberanía y desarrollo.

En la era de la globalización, el mayor problema a resolver a nivel cultural no es el multiculturalismo y/o la diversidad cultural, sino la transculturización, sobre todo en naciones o sociedades que aún no se han desarrollado o realizado plenamente o están todavía en proceso de realización y desarrollo, como la nuestra. 

En esta era global, que registra el conflicto entre países dominantes y países dominados (hoy superpuesto al conflicto entre poderes financieros concentrados y países transformados en "mercados"), el término transculturización denota, no solo la presencia de determinados elementos culturales no propios de una cultura, sino puntualmente la "transferencia etnocéntrica y unidireccional de elementos culturales de una cultura dominante a otra cultura, generalmente subordinada" y, como su nombre lo dice: transculturizada. Esa es la consecuencia directa de ese fenómeno conocido, tan poco atendido e incluso escondido o disfrazado como la "colonización cultural", cuya problemática ha sido desarrollada ampliamente por el pensamiento nacional latinoamericano. 

Si buscamos en Internet imágenes que ilustren el fenómeno de la "transculturización", encontramos, por ejemplo, imágenes de la convivencia en Venezuela de distintas culturas; si buscamos imágenes que ilustren el fenómeno de la "colonización cultural", encontramos curiosamente solo imágenes de la "colonización española"; por su parte, si buscamos imágenes para ilustrar ese fenómeno global conocido como "anglofilia", resulta que aparece como un "término acuñado por el escritor Charles Dickens para referirse a una revista francesa que adoptaba una postura editorial favorable a todo lo británico". En la "Era de la Información" vivimos desinformados.

La cultura dominante no es la de un sector de las "naciones" de cualquier país de América Latina sobre otro sector de su propia población cuyo origen étnico es diferente. No es un problema interno étnico ni racial, sino la del dominio de la cultura de los países hegemónicos respecto a la de los países y/o de las culturas periféricas (Latinoamérica en su conjunto), proceso estrechamente relacionado con el fenómeno imperialista de la colonización cultural, que es, además, aún en la actualidad, la condición y el puente de la colonización política y económica de nuestro territorio-nación. 

En este mundo globalizado, si no empezamos por reconocer la subyugación cultural y económica de los países "subdesarrollados" respecto a los países "desarrollados" e intereses concentrados que estos protegen, será imposible advertir, entre otras, la trampa de la transculturización en el aparente aséptico y desinteresado propósito de "favorecer la multiculturalidad y la diversidad", que en realidad esconde ese otro problema político, económico, social y cultural sustantivo sobre el que pretendemos advertir. 

No deberíamos subestimar justamente, entre las razones que permitieron la derrota de los dos grandes imperios de América precolombina, las "graves disensiones internas" de Tlascaltecas y Totonacas con los Aztecas en México, y la de los hermanos Huáscar y Atahualpa en el Cuzco, aparte de las diferencias culturales y sociales que separaban a los cientos de grupos étnicos -sin una identidad común- existentes antes y después de la llegada de los españoles. Si no, como bien dice el historiador Roberto A. Ferrero, sucedería que los nuevos designios disgregantes "no harían sino sumar la balcanización étnica a la balcanización política que ya padece la América Latina, con gran beneficio de las potencias imperialistas".

En este contexto, conceptos como "multiculturalismo" o "diversidad cultural" se utilizan más bien para "favorecer" las diferencias que para identificar y reivindicar nuestra ya varias veces centenaria cultura mestiza mayoritaria (si es que todas las culturas no lo son), en circunstancias en que la mayor necesidad histórica de los latinoamericanos es fortalecer la identidad nacional y crear una fuerte comunidad de cultura que sirva a los intereses de nuestra reintegración o reunificación nacional, tal como lo demanda el legado de nuestra historia, y sin cuya consecución no habrá presente ni futuro ni desarrollo y bienestar para todos, sino solo para unos pocos. 

Por eso, adherir a esa corriente multicultural (a tono con la exigencia imperialista de "dividir para reinar") resulta un despropósito, cuando de lo que se trata es de unir voluntades e integrar culturas en lugar de dividir y diferenciarnos.

Nos inclinamos a pensar que nuestra cultura nacional latinoamericana se construye más a partir de lo que nos identifica que a partir de lo que nos diferencia o nos separa, sin desconocer, ni mucho menos, que hay que resolver el mundo de desigualdad e injusticia social que nos separa internamente (en la que muchos pueblos de tradiciones originarias llevan la peor parte) y reconocer y aprovechar además la vida histórica y la cultura común que nos une. 

Si no fuera así, estaríamos nuevamente ante un grave problema de supervivencia nacional, como sucedió a la llegada de los españoles, en la que apenas un puñado de soldados pudo vencer a los imperios y tribus existentes que se desconocían entre sí, que hablaban cada cual una lengua irreconocible para los demás, que practicaban cada uno su propia religión y no actuaban en conjunto, sino al contrario. 

Coincidimos también con Juan José Hernández Arregui (entre otros pensadores nacionales) en que es perentorio conocer la historia de Nuestra América, "deformada mediante técnicas de penetración y dominio que el imperialismo utilizó para guardarnos desunidos" y entender que la exigencia de ahondar en nuestra realidad latinoamericana "responde al imperativo de contemplarnos como partes de una comunidad mayor de cultura", de territorio, historia y destino común. 

El gran desafío

Reconocernos como latinoamericanos –más allá de circunstancias históricas irreversibles y diferencias étnicas o culturales menores (aunque potenciadas para dividirnos)-, es la primera condición para poder liberarnos del yugo supranacional que nos domina y nos divide en Naciones de primera y Naciones de segunda, y, dentro de nuestra propia Patria Grande, en una infinita diversidad de pueblos y etnias que requieren la unidad política e ideológica para enfrentar el presente, el futuro y el mundo que viene. 

Solo asumiendo nuestra identidad común latinoamericana y actuando en consecuencia -como sabemos, "la unión hace la fuerza"- dejaremos de padecer las grandes injusticias nacionales y sociales (entre ellas, las que padecen los postergados sectores indígenas) en esta multiplicidad de "naciones" sin destino en la que se divide artificialmente a su vez Nuestra América. 

Ya es hora de tomar debida conciencia de que "América Latina no se encuentra desunida porque es subdesarrollada, sino que es subdesarrollada porque está desunida", como nos lo advirtiera uno de nuestros grandes pensadores nacionales.

De lo que se trata, en definitiva, es de recuperar nuestra conciencia y/o memoria histórica completa y sin grietas –porque ella es de algún modo el prerrequisito de nuestra conciencia política (conciencia nacional), en vistas a la unidad y creación de una gran Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe, condición de nuestro desarrollo, bienestar y autorrealización nacional, y ésta de nuestra realización social, técnica, científica y personal. 

No hay lugar tampoco para un espíritu, ideología o sentimiento "nacional" estrecho: de "patria chica" (inviable), "étnico" (de carácter fragmentado o fragmentario) ni tampoco "universalista", "globalista" o "internacionalista" (inconducente), contrario a nuestros intereses nacionales latinoamericanos. 

Ya sabemos cuál ha sido el resultado de nuestra falta de unidad material y espiritual a lo largo de nuestra controvertida, aunque no tan extensa historia. 

Unirnos y poner en común lo que somos en su totalidad y multiplicidad -cuando ya el siglo XXI nos encontró "desunidos y dominados"- requiere de una profunda identidad y de un auténtico nacionalismo de carácter continental latinoamericano. Porque, en definitiva, "ningún país podrá realizarse en un Continente que no se realice". Ese es el gran desafío del siglo XXI para las nuevas generaciones.

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