A 23 años de la desaparición de Marita Verón
Desde el primer día su madre, Susana Trimarco, inició una cruzada para encontrarla con vida y llegó a inmiscuirse en el mundo de la prostitución sin temores pese a recibir amenazas de todo tipo.
Este jueves 3 de abril se cumplen 23 años de la desaparición forzada de María de los Ángeles "Marita" Verón, víctima de una red de trata de personas con fines de explotación sexual en Tucumán. Marita fue secuestrada en 2002 en la capital San Miguel, cuando un grupo de personas la obligó a subir a un auto.
"Puta, con la misma plata que nos da tu hija prostituyéndose le pagamos a la justicia para que todo quede en la nada", fue la frase que se hartó de oír Susana del Valle Trimarco desde que secuestraron a su hija, María de los Ángeles Verón, el 3 de abril de 2002, cuando ella tenía 48 años y "Marita", como todos la llamaban cariñosamente, apenas 23.
Ese día la joven salió de su casa de la ciudad de San Miguel de Tucumán y se dirigió a la maternidad Nuestra Señora de las Mercedes para sacar turno para un examen ginecológico. Como demoraba demasiado en volver, su mamá fue urgente a la comisaría a hacer la denuncia porque era imposible que se ausentara durante tanto tiempo. Allí comenzó su calvario y el de toda su familia:
"Me dijeron que lo mejor era esperar, que quizás se había ido con el novio. Me enfurecí ante la indiferencia policial y les exigí que me tomaran la denuncia, sabía que Marita no iba a abandonar a su hija, Sol Micaela, que por entonces tenía tres años. Al día siguiente un señor nos llamó a la casa, nos dijo que él había visto todo lo que le había pasado, que Marita había sido secuestrada en un Duna rojo con vidrios negros de la remisería Cinco estrellas, propiedad de la familia Alé.
A partir de ese dato nos empezamos a movilizar y Tucumán apareció empapelado con afiches con su rostro. El operativo a pulmón dio resultado, porque una prostituta se acercó a mi marido Daniel Verón y le contó que la habían secuestrado de la misma manera y que estaba dispuesta a ayudarnos.
Susana contó que en la comisaría intentaron ignorarla, como suele ocurrir, salvo excepciones, con aquellas madres desesperadas que por instinto buscan a sus hijas sospechando que algo trágico pudo haberle ocurrido. Las evasivas continuaban allí, mientras su angustia iba en aumento. Llegaron a decirle que no tenían papel para escribir la denuncia a máquina ni combustible en el patrullero para poder comenzar la búsqueda.