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Historia de San Juan

La época de Nazario Benavides (1836 – 1862)

Durante la gobernación de Nazario Benavides a San Juan le convenía un arreglo en particular con la ciudad puerto y con el dueño del poder y de la Aduana para no sucumbir, mientras que el poder central no la dejara abandonada a su suerte, como en la época rivadaviana.

Nazario Benavides.

Dadas las condiciones en las que se encontraba la provincia al llegar Nazario Benavides a San Juan, y el extremo al que se había tensado la cuerda entre gobierno central (Rosas) y el gobierno local (Yanzón), coincidimos con Peñaloza y Arias: a San Juan, como a las demás provincias, políticamente le convenía un arreglo que "tuviese en cuenta los intereses nacionales sin desconocer los provinciales". No obstante, cabe dejar claro que una cosa era y son los intereses nacionales y otra los intereses de Buenos Aires; pero, como también señalan los mismos historiadores, Buenos Aires significaba mucho como mercado consumidor de los vinos sanjuaninos y otros productos regionales.


A través del comercio exterior, Buenos Aires usufructuaba para sí las rentas que correspondían a todo el país, con lo que le sobraban recursos. El Litoral, por su parte, poseía una cierta autonomía económica, "afirmada en su posición geográfica y en la manufactura". San Juan, en cambio, que tampoco tenía las condiciones de Córdoba ni de Mendoza, "se daba cuenta de que no le era posible vivir aislada, pues estaba muy lejos de tener autonomía económica". Sus producciones básicas "seguían siendo las mismas del período prerrevolucionario: vino, aguardiente y fruta seca", por lo que necesitaba mercados para colocar esos productos, y esos mercados eran fundamentalmente Buenos Aires, Tucumán y Chile, tanto para venderles como para proveerse de los productos que la provincia requería.


Si Buenos Aires se inclinaba al libre comercio, mataba las industrias cuyanas y en particular las de San Juan, "porque resultaba imposible competir en precios con los vinos y aguardientes extranjeros"; y Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos no tenían una población suficiente como para absorber la producción sanjuanina. De esa relación y dependencia con Buenos Aires surgió más adelante (a fines del siglo XIX, al producirse el boom vitivinícola) la connivencia ideológica entre bodegueros y la oligarquía portuaria y terrateniente, que veían la realidad solo con el ojo de sus intereses sectoriales, mientras cerraban el otro para no ver los intereses de las mayorías nacionales extendidas por todo el territorio. 


Por su parte, el comercio con Tucumán y el N.O. debía atravesar La Rioja y Catamarca, pagando derechos de tránsito "que se aplicaban según las necesidades de sus tesorerías o las inclinaciones políticas de sus gobernantes".
Asimismo, el mercado tras cordillerano -que había sido el tradicional durante los 200 años de dependencia de la Capitanía de Chile- "presentaba dificultades, dependía de la política chilena, de los compromisos contraídos y del desarrollo de los acontecimientos en el escenario nacional, que escapaban a los simples manejos provincianos". Incluso con proteccionismo aduanero en el puerto de Buenos Aires, el comercio sanjuanino sufría quebrantos, pues el camino era largo, el transporte costoso, debiendo atravesar San Luis, Córdoba y Santa Fe, donde a su vez había que pagar derechos de tránsito.


Por todo ello, a falta de una Constitución y de la organización nacional una y otra vez postergada, que Buenos Aires negaba a las provincias, a San Juan le convenía un arreglo en particular con la ciudad puerto y con el dueño del poder y de la Aduana para no sucumbir, mientras que el poder central no la dejara abandonada a su suerte, como en la época rivadaviana.


1. ¿Cuál había sido la escuela de Nazario Benavides?
Nazario Benavides, uno de los pocos sanjuaninos que pudo gobernar legalmente nuestra provincia por varios períodos a lo largo de 18 años (1836 – 1854), no solo aprendió a leer, escribir y realizar operaciones aritméticas fundamentales en la escuela pública de su época, sino que tuvo otra escuela muy particular en donde se formó como persona y ciudadano comprometido con sus comprovincianos y compatriotas. Nos parece muy acertado el criterio de los historiadores Peñaloza y Arias, cuya semblanza compartimos, de comenzar el relato histórico del gran caudillo sanjuanino describiendo lo que podríamos considerar su "otra" escuela. 

En verdad, no todo se aprende en la academia y tampoco aquello que necesitamos para encarar una vida política y social compleja en una Nación inconclusa, es decir en una sociedad todavía no plenamente realizada como tal. Es ese déficit, y no la falta de méritos, lo que en definitiva impide que una mayoría pueda realizarse en forma individual.


Nazario comenzó a cursar esa otra escuela en el propio seno familiar. El hogar estaba conformado por su padre Pedro Benavides, su madre doña Juana Paulina Balmaceda, su hermana María Jacinta y sus hermanos Juan Antonio y José María. En su casa de adobes de Concepción, rodeada de viñas, huertas y potreros, junto a su padre y sus hermanos, Nazario cultivaba la vid y atendía la huerta y los potreros de la familia. Allí mismo, Pedro Benavides le había enseñado a preparar la tierra de la que dependía la situación y posición familiar, "de cierta holgura, sin ser rica".


Pero la muerte violenta de su hermano, que se había unido a la lucha de José Miguel Carrera y sería ejecutado por orden gubernamental un 7 de octubre de 1821, impresionó tanto a Nazario, que abandonó los cultivos de la tierra y el cuidado del potrero familiar y lo cambió por el oficio de arriero.
Apuntemos juntos a los historiadores consultados, en atención a esta singular escuela, que si bien "los comerciantes, no muy numerosos, introducían y vendían productos manufacturados traídos desde el litoral, centro, N.O y Chile" y "los invernadores compraban hacienda vacuna en Córdoba, Los Llanos (La Rioja) y a veces en el N.O y luego de engordarla la pasaban a Chile", por su parte, los "arrieros fletadores" (que parece ser el caso de Nazario Benavides) representaban socialmente una suerte de clase media de servicios, en tanto "los viñeros, comerciantes e invernadores ejercían por medio de sus hijos el oficio con arrias propias…". 


 Caminante no hay camino, se hace camino al andar
Pues bien, el oficio de arriero le permitió al joven Nazario conocer no solo el movimiento de las arrias y las carretas, llegar a distintos mercados transportando los frutos de las haciendas y traer de vuelta lo que se vendía en el comercio local, sino también y, sobre todo, "conocer muy bien a los hombres", siendo al mismo tiempo su compañero de aventuras y pesares.  


Un arriero, apuntan Peñaloza y Arias, "debía vigilar los animales y las cargas, saber dónde se encontraban las aguadas y los campos de pastaje, a más "vivir" el camino y sus atajos". De paso, "al ser conductor y comerciante conocía perfectamente el estado económico de los mercados", socializando con sus paisanos en cada fogón que se instalaba en el camino -"similar a la pulpería pueblerina"-, convirtiéndose de alguna manera a lo largo de la marcha en el periódico andante de la época, pues, aparte de transportar ganado o frutos de la tierra, obtenía y transmitía noticias de la viva realidad.
"Con el correr del tiempo, los arrieros conocían palmo a palmo el país, a sus habitantes y costumbres, al igual que la economía". "En esa escuela -completan los dos historiadores citados- se formó Benavides lo mismo que Facundo Quiroga".


Precisamente fue Facundo Quiroga -al frente de la guerra contra los unitarios rivadavianos- quien convocó a Nazario en su carácter de arriero, para que como experto lo condujera en los caminos que iba a recorrer con su ejército en la travesía de San Juan a Tucumán para enfrentar al general Lamadrid, cabeza del Ejército adversario.
Cuando el prestigio del joven Benavides comenzaba a formarse "antes de que él mismo se diera cuenta, y cuando recién se iba dando a conocer", dicen los historiadores mencionados, "un rasgo inesperado lo exhibió de pronto bajo otro aspecto: el hombre de armas".


La escuela militar
Según el relato de los historiadores, "no pudiendo resistir a los impulsos de sus sentimientos", al ver caer herido a un soldado en plena batalla del Rincón (8 de julio de 1827, en el límite entre Catamarca y Tucumán), Nazario "recoge la lanza y el sable de aquel y se precipita con los demás sobre el adversario, lanceando y acuchillando a cuantos se oponen a su paso". Ese verdadero acto de valentía y heroísmo, conocido por sus superiores, le valió el grado de teniente primero seguido del ascenso a capitán por la "difícil y peligrosa comisión desempeñada en el camino que conducía de Tucumán a Salta", tal cual rezaba el documento que lo reconoció.


De esa guerra civil surgieron muchos militares provincianos que por su edad no habían participado como otros en la lucha contra los ingleses en 1806 y 1807 o en la guerra de la Independencia, pero asumieron una patriótica conducta al defender a sus pueblos y a su patria frente a sus enemigos externos o locales que los martirizaban con sus acciones o con sus políticas anti provincianas, antinacionales y antipopulares.


Ya teniente coronel, Nazario Benavides formó parte, junto al coronel Juan Martín Yanzón y el comandante Hilario Martínez, de la plana mayor de la campaña al desierto programada en 1832 por los gobiernos coaligados de Mendoza y San Juan en concordancia con el de Juan Manuel de Rosas, a cuyo frente se encontraba como director de la guerra el mismísimo brigadier general Juan Facundo Quiroga. 
No dejemos pasar este momento para decir que nuestra provincia no tenía fronteras con los indios y aun así participó de esa campaña nacional, precisamente por eso: porque aquella campaña respondía a una estrategia nacional sentida por todas las provincias argentinas. Recordemos que la mitad del país de entonces -Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza- limitaba con el desierto. De ese modo, después de una destacada actuación, Benavides junto a Yanzón -los dos serían luego gobernadores de San Juan- vencieron en batalla al cacique Yanquetruz


Ya como General, Benavides participaría de todas las luchas entre unitarios y federales del lado federal provinciano, incluso cuando le retaceó su apoyo a Rosas y se lo otorgó al general Justo José de Urquiza (primer presidente de la Confederación Argentina), al definirse la situación institucional pendiente en 1852.
Cultivador de la tierra y pastor de ganados, arriero -y como tal cultivador de múltiples relaciones humanas y sociales-, militar provinciano de la guerra civil, y finalmente gran estadista provincial, a partir de su primer mandato como gobernador en 1836 hasta su asesinato en 1858, como dice Nicanor Larraín, Nazario Benavides fue "el paño de lágrimas" del pueblo sanjuanino.


2. La gestión de Benavides como gobernador de San Juan
El primer problema urgente que resolvió Benavides como gobernador fue terminar con la ocupación del ejército riojano pagando la indemnización demandada, que fue cubierta en lo inmediato "por los mecanismos de las contribuciones forzosas".
Una vez designado gobernador propietario por la Honorable Cámara de Representantes (Legislatura sanjuanina), el 8 de mayo de 1836, la tarea inmediata fue la reorganización de las milicias provinciales y la recomposición de la economía, tareas que había impuesto la derrota de Yanzón en La Rioja y la ocupación de San Juan por las tropas vecinas. Por su parte, la política exterior del nuevo gobernante provincial fue dirigida a "estrechar vínculos con Buenos Aires", porque el enfrentamiento, en esas circunstancias políticas y económicas, como hemos apuntado, "era un suicidio".


En lo económico, Benavides se caracterizó por la defensa de las producciones locales, tratando de fomentarlas en toda forma, logrando en un momento de su mandato equilibrar el presupuesto que, dadas las condiciones en que había recibido el gobierno, fue otra de sus mayores preocupaciones y ocupaciones.


Desde el año de asunción de Benavides (1836) hasta 1842, San Juan mantuvo un activo comercio con Chile basado en el tratado comercial del 22 de octubre de 1835 tolerado por Rosas, no muy afecto a ningún tratado fuera de su alcance. Fue así que el Tratado de Comercio con Chile fue derogado por Rosas en 1842, que cerró la cordillera al tráfico con el país vecino "reservándose (no olvidar que llevaba el manejo de las Relaciones Exteriores) de fijar los derechos de internación". El cierre del comercio trasandino -después de 200 años de relación económica con Chile- tenía el mismo resultado para las provincias cuyanas que la promulgación del Reglamento de Comercio Libre de 1776 de la era virreinal. 


Como los años pasaban sin fijarse los derechos comerciales para reanudar relación tan provechosa para la región, ante la "unánime protesta de las provincias de Cuyo", la medida fue revocada por Rosas en 1846, pero solo en los papeles. Ante la perseverancia y el firme reclamo de Benavides, dicha apertura fue final y efectivamente concretada en 1849. Es importante advertir que, a partir de la década del 40, el Interior comenzó a mostrar signos de desacuerdo y desengaño con la política del gobierno centralizado de Rosas sin muchos beneficios para el interior provinciano. En cuanto a la Ley de Aduana promulgada el 18 de diciembre de 1835 por el gobierno del caudillo bonaerense, ¿incidía o incidiría en la economía sanjuanina para bien o para mal? 


Enrique Barba, citado por Arias y Peñaloza, hace el siguiente análisis: "La ley de Aduana significaba la protección de los productos e industrias de todas las provincias, aunque no libraba a éstas de la tutela porteña. En efecto, aunque se gravaba con fuertes derechos y hasta se prohibía la introducción en Buenos Aires de artículos extranjeros que pudieran competir con los porteños o con los de las demás provincias, el sistema comercial seguía siendo el mismo. Solo el puerto de Buenos Aires era el habilitado para el comercio de ultramar (y para el cobro de los derechos de exportación e importación que retenía), con lo que se obligaba a las provincias a sujetarse a la marcha económica de Buenos Aires" y sostenerse con sus propios recursos. "Con todo, significaba un avance estimable en lo que se refiere a proteger la economía e industrias vernáculas", no obstante continuar con el sistema de puerto único y el usufructo exclusivo de las rentas aduaneras por parte de una sola provincia. ¡Algunos le llamaban a eso federación!


Salvo las provincias del Litoral, que aspiraban a ver sus ríos abiertos y sus puertos trabajando, "las demás cantaron loas a la medida". A San Juan, dada la protección de hecho respecto a la competencia extranjera que le procuraba la ley de Aduana y la posibilidad de vender más vinos y aguardientes en el mercado bonaerense, la medida que duró entre 1836 y 1852 trajo alivio a su comercio; "las hectáreas cultivadas crecieron hasta ser mayores que en períodos posteriores, al tenerse mercado seguro"; las artesanías sanjuaninas "se mantuvieron florecientes, no tanto por la calidad, sino porque el producto extranjero fue de un precio tal que resultaba imposible adquirirlo a la mayoría"; la distancia que separaba a San Juan de las otras provincias trigueras también jugó a su favor, por lo que el trigo sanjuanino siguió alimentando sus propios molinos; el equilibrio entre el litoral y Cuyo se mantuvo, mientras siguieron circulando las monedas metálicas. 


No obstante, al no evolucionar la técnica de elaboración de vinos y aguardientes, y tampoco cambiar la matriz productiva ni a nivel provincial ni a nivel nacional, y San Juan seguir apostando al monocultivo, "todo siguió como antes". En ese contexto, el proteccionismo defensivo de la Ley de Aduana fue para San Juan un paso adelante, sin que cambiara su estructura productiva. El presupuesto provincial pudo equilibrarse alrededor de 1849, aunque sin contar con ninguna coparticipación federal, como debió haber ocurrido en el marco de un verdadero gobierno federativo.


En cuanto a la lucha de tarifas y derechos de tránsito entre las provincias se había agudizado, "llegando a su culminación en 1848". San Juan se sintió fuertemente afectada y reclamó ante Córdoba, San Luis y Santa Fe, previendo la abolición de los derechos de tránsito si era necesario. 
Poniendo siempre por encima la defensa de los intereses provinciales, el 4 de diciembre de 1849 Benavides debió apelar al dictado de un decreto prohibiendo la circulación en la provincia de dos "incendiarias publicaciones" redactadas por Sarmiento y sus colaboradores refugiados en Chile, que perjudicaban la vida de San Juan: "La Crónica" y "Tribuna". El año 1850 "vio pasar por el zenit la estrella del régimen" local, afirman Peñaloza y Arias.


3. Misiones militares e interinatos
En las condiciones de guerra civil entre unitarios y federales bajo el gobierno de Rosas, el ejército fue uno de los pilares de la creciente influencia de Benavides sobre las regiones aledañas. En esas circunstancias, Rosas designó a Aldao, apostado en Mendoza, jefe del Ejército, y al gobernador sanjuanino su segundo jefe. En ese sentido, dadas sus obligaciones y/o misiones militares que lo obligaron a emprender campañas fuera de la provincia, las sucesivas gestiones de Benavides estuvieron signadas por múltiples interinatos, subrogancias y delegación del gobierno provincial. Durante su dilatada administración -cinco mandatos y dieciocho años de gestión-, Benavides delegó el mando por lo menos en quince oportunidades. 


En el mismo año de su asunción como gobernador propietario en forma legal, Benavides se vio obligado a delegar por dos veces el mando gubernamental. En esta oportunidad "más por razones de carácter policial que militar", por lo que la Legislatura lo autorizó a designar "el ciudadano que debe subrogarle durante su ausencia". Benavides delegó esa responsabilidad en Timoteo Maradona. En 1837, y por una gira de Benavides en Jáchal para reorganizar las milicias provinciales, lo volvió a reemplazar en el cargo Timoteo Maradona. El 8 de junio de 1843 hasta el 8 de julio, Benavides volvió a ser subrogado en la gobernación de San Juan por Maradona –lo reemplazó en total seis veces-, sin duda, un hombre de su absoluta confianza. 


Durante la Campaña del Norte (Catamarca y La Rioja) como Segundo jefe del Ejército Combinado de Cuyo, debido a los grandes peligros que experimentaba la región por la presencia de las fuerzas unitarias que operaban a las órdenes del general Lavalle, el general Araoz de Lamadrid y el general Tomás Brizuela (pasado al servicio unitario), el 20 de noviembre de 1840 Benavides designó al presbítero Timoteo Bustamante para subrogarlo hasta su regreso.


Como se sabe, Benavides no pudo reasumir sus funciones a la vuelta de su larga campaña militar por el Norte, porque el general Mariano Acha había invadido y ocupado la ciudad de San Juan y asumido la gobernación de facto desde el 13 al 24 de agosto de 1841. Del mismo modo, desde su llegada a San Juan días después que Acha, el general Lamadrid -jefe de Acha- asumió en su lugar la gobernación de San Juan también de facto. 


Lamadrid optó por delegar el gobierno ilegítimo que ejercía en Anacleto Burgoa, hijo de Miguel Burgoa, que había sido jefe de Policía de Lamadrid en 1830, año en el que mandó a asesinar en la cárcel al Dr. Francisco Ignacio Bustos, ministro de Gobierno del gobernador federal José María Echegaray (depuesto en aquel trágico año), hermano del esposo de Deolinda Correa (convertida en una mujer venerada por la religiosidad popular) y sobrino del caudillo federal de Córdoba Juan Bautista Bustos. 


La resistencia a la ocupación y a las contribuciones forzosas de Lamadrid y Acha en la persona de Anacleto Burgoa, derivó en una revuelta y asalto el 11 de septiembre de 1841 al cuartel general de las fuerzas gubernamentales unitarias, que puso fin al gobierno de facto y catapultó a la dirección de los destinos de la provincia, en ausencia de su gobernador propietario al capitán Juan José Atencio, cabecilla de la rebelión. 
Apremiado por su propia gente, señala Horacio Videla, Atencio nombró el 15 de septiembre como gobernador provisorio al Obispo de Cuyo, doctor José Manuel Eufrasio Quiroga Sarmiento –sucesor de Fray Justo Santa María de Oro en la Prelatura obispal-, que desempeñó su cargo hasta el 21 del mismo mes y año, que fue relevado por el coronel José María Oyuela, elegido por el propio Benavides como su delegado gobernador por hallarse el caudillo provincial todavía en Mendoza en los preparativos de la batalla de Rodeo del Medio, en la que venció en forma completa y definitiva al general Lamadrid y su ejército unitario.


Oyuela entregó el poder a su legítimo propietario el 17 de octubre de 1841, que asumió el mando, salvo por algunos esporádicos interinatos y delegaciones, hasta el 8 de julio de 1843. La vuelta de su gobernador le devolvió a San Juan la paz que no había tenido durante el gobierno unitario de facto ni tampoco -por reacción al desastre anterior- una vez que los federales recuperaron el poder en ausencia de Benavides.


Al cabo de ese largo tiempo de ausencia, Benavides fue recibido "triunfalmente" por la población de San Juan. Su prestigio militar en un año había alcanzado su máximo apogeo, tras los laureles obtenidos sobre el general Brizuela en Tuscún, Saladillo Colorado y Sañogasta; haber salvado al ejército federal de un desastre total en la sangrienta Batalla de Angaco; salir victorioso de las acciones de La Chacarilla y San Juan; y haber apresado al general Acha. Su consagración sería definitiva –desmejorada a esta altura la reputación militar de Aldao- con el triunfo de las fuerzas federales a su mando sobre las unitarias en Rodeo del Medio.


La Sala de Representantes de San Juan le otorgó el cargo y el grado de brigadier general en el escalafón provincial, diez años antes de que lo hiciera el nuevo gobierno de la Confederación bajo la dirección del general Justo José de Urquiza. Otro tanto hicieron las provincias de Buenos Aires, Salta y San Luis, otorgándole ese grado por su actuación militar. Pero Benavides no aceptó esos honores y los rechazó.
En 1842, la ocupación militar de Jáchal por parte de Ángel Vicente Peñaloza, que había vuelto al país después de su primer exilio en Chile para ponerse al frente de la lucha contra Rosas, lo obligó a delegar el mando provincial en su ministro Saturnino Laspiur. Aquella campaña contra el caudillo popular riojano, que se extendería de Cuyo a Tucumán, concluyó recién en 1843 con la huida del Chacho nuevamente a Chile. Entre el 16 de marzo y el 5 de mayo de 1845 volvió a delegar el mando en su fiscal de Estado Miguel Echegaray. 


Tres años más tarde, alterado el orden en Mendoza a raíz de un levantamiento del comandante del fuerte de San Rafael contra el gobernador Alejo Mallea, Benavides debió salir nuevamente en campaña militar, delegando sus funciones de gobernador una vez más en Saturnino Laspiur, que gobernó desde el 14 de diciembre de 1848 hasta principios de 1849.
El 23 de mayo de 1851, Benavides fue reelecto gobernador de San Juan por quinta vez.
Empero, la subrrogancia más significativa fue -ya producido Caseros en 1852-, cuando hubo de ausentarse para asistir con otros gobernadores convocados por el general Urquiza para la firma del Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos. El presidente de la Sala de Representantes de la provincia -don Zacarías Antonio Yanzi-, a la sazón delegado gobernador de Benavides, encabezó un golpe de Estado contra el gobernador propietario en viaje.


Desconocido por el propio director provisorio de la Confederación, don Justo José de Urquiza –que luego sería el primer presidente constitucional argentino-, al regreso del general Benavides a San Juan, Yanzi fue depuesto y encarcelado por conspiración, cayendo también en prisión por complicidad el Dr. Guillermo Rawson y "otros elementos benavidistas que colaboraron con Yanzi, nucleados en un partido liberal en formación" (Horacio Videla).
Entre el 17 y 19 de noviembre de 1852 tuvo lugar otra delegación del mando gubernamental, después de regresar Benavides de San Nicolás, en el presidente de la Cámara Suprema de Justicia, don Antonio Lloveras, en ocasión de la revolución encabezada por el coronel Santiago Albarracín. En 1853 y 1854, fueron delegados del gobernador Benavides respectivamente don Juan Luis Riveros y el coronel José Antonio Durán.


4. La labor educativa en tiempos de Nazario Benavides
  
Como dicen los historiadores Carmen Peñaloza de Varesse y Héctor D. Arias, para valorar con justicia la labor educativa de los gobiernos de Nazario Benavides, "no podemos prescindir del momento histórico en que se desarrolla ni desvincular éste del proceso general al cual pertenece". A partir de esta premisa podemos comenzar a reconocer la prolífica labor llevada a cabo por el reconocido estadista y caudillo popular sanjuanino, a pesar de las dificultades que heredó.

Para empezar, no caben dudas de que, como señalan los historiadores que nos acompañan, "el acontecer político condicionó, como es lógico suponer, la ayuda oficial a la instrucción pública", pues "mal podían distraerse fondos para ésta cuando los de la provincia en su totalidad estaban empeñados en la defensa de su integridad territorial". En efecto, desalojar las tropas del general Brizuela que habían ocupado San Juan en represalia por la invasión del gobernador Martín Yanzón a La Rioja, costó una alta indemnización y tiempo para acomodar las cargas, tanto que recién en 1839 comenzó a manifestarse la recuperación de la educación en San Juan.


La herencia recibida de los gobiernos anteriores -tanto del inmediatamente anterior como de los que siguieron al destierro de Ignacio de la Roza-, sin duda impactó fuertemente en el nuevo gobierno. No obstante, en la época de Benavides, "de relativa calma", desde un principio se advirtió la preocupación del gobierno por "subvencionar y proteger nuevas creaciones y de ampliar y mejorar las ya existentes". Si bien algunos años la inversión educativa fue solo para pagar sueldos de preceptores (maestros) y ayudantes, en otros, la gestión de Benavides mantuvo al día los sueldos y fueron numerosas a la vez las partidas destinadas a la compra de libros, útiles y materiales.


No dudamos del propósito del gobierno de Benavides en cuanto a superar los problemas de la instrucción pública, cuando reparamos que una de sus primeras medidas fue el restablecimiento de la Escuela de la Patria, al tiempo que se permitía la vuelta de la Compañía de Jesús a San Juan para encargarse de la educación preparatoria y superior en nuestra provincia, mientras se disponía a su vez el funcionamiento de una Inspección de Enseñanza, encargada de controlar y organizar la instrucción pública.

La vuelta a la provincia tanto de Chile como de Buenos Aires de numerosos jóvenes -entre ellos Domingo Faustino Sarmiento- que habían emigrado del suelo local por razones políticas o por estudios, fue uno de los primeros signos de los nuevos tiempos que comenzaban a vivirse en San Juan. La creación y funcionamiento activo de la Sociedad Dramático Filarmónica "aglutinó en su seno toda la juventud de ambos sexos de la clase acomodada con el fin de cultivar la música, la poesía y el teatro", surgiendo en ese ámbito "discusiones sobre temas literarios, filosóficos y hasta científicos" que acapararon la atención de esos jóvenes. 

A la época de Benavides corresponde también la creación en la provincia de la filial de la Asociación de Mayo (de la mano de Manuel J. Quiroga Rosas), donde se expresó la reconocida generación literaria e intelectual de 1837. El diario El Zonda, fundado y dirigido por Sarmiento, fue una de sus expresiones inmediatas, mientras en la imprenta del Estado funcionando a pleno se imprimían además de "El Zonda", "El Abogado Federal", "El Republicano Federal" y "El Hogar Cuyano", aparte del Registro (Boletín) Oficial. Cabe recordar también que, en un genuino gesto democrático, Sarmiento fue nombrado por Benavides en 1839 como director de dicha imprenta.

Benavides demostró que estaba dispuesto a hacer un gobierno de gran apertura, aunque sin descuidar las relaciones con el gobierno central -exigencia esta última que no había tenido en cuenta el gobierno anterior de Martín Yanzón-, apoyando el nuevo gobernante federal y fuerte impulsor de la educación provincial, las manifestaciones culturales de sus comprovincianos con la participación de los hombres más ilustrados, sin descuidar los deberes del Estado y de la política general.

Cronología de una gran gestión educativa 

El 9 de julio de 1839 se produjo la solemne apertura e inauguración del Colegio Santa Rosa de América, fundado por Sarmiento y mentado por Fray Justo Santa María de Oro para Niñas y Señoritas. En dicho colegio se formaron tres grandes artistas visuales de su tiempo: Procesa Sarmiento, Bienvenida Sarmiento y Lucila Antepara de Godoy. En ese año de 1839 también se proyecta la creación de un Colegio a cargo de los padres Jesuitas, recuperados al comienzo de la gestión de Benavides para la educación en la provincia, aunque dicho colegio se concretó recién en 1842. El 26 de julio del año 39 el gobierno decretó la creación de una Comisión específica dedicada a seleccionar y fiscalizar los libros de texto que se empleaban en las escuelas del Estado. Formaron parte de esta Comisión don Salvador Quiroga, Domingo F. Sarmiento, Antonio Durán y Franco Mac Auliff. Durante ese año, la escuela de la Villa de Jáchal funcionaba ya con 56 estudiantes varones. Entre 1839 y 1853, debido a sucesivos aumentos, los sueldos de maestros y ayudantes se duplican. Entre 1840 y 1850 en la capital sanjuanina menudean las solicitudes de particulares para abrir casas de estudio, pudiendo concretarse la apertura del Liceo Federal con apoyo estatal. Se designó a doña Elena Bradish de Coll para dirigir el Liceo de Señoritas. 

A falta de otros edificios, en el predio del actual Colegio Nacional Monseñor Pablo Cabrera y Liceo Nacional de Señoritas Paula Albarracín de Sarmiento –donde funcionaba por entonces el Hospicio de la Merced-, residieron en distintos momentos diferentes establecimientos educacionales como el de los padres Jesuitas entre 1842 y 1848, el Liceo Federal en 1850, la Escuela Central a partir de 1851 y el Seminario Eclesiástico desde 1854. 

En lo que respecta a lo que hoy podríamos llamar estudios de carácter preparatorios y superior, a partir de 1842 comienza a funcionar, a cargo de la Compañía de Jesús, un Aula de Gramática Latina y, en 1845, la Cátedra de Filosofía. No dejemos pasar que, así como lengua y matemáticas son disciplinas básicas y fundamentales para el aprendizaje de otras disciplinas, la enseñanza de la lengua latina traía consigo, aparte del aprendizaje de una lengua considerada culta, toda la cultura implícita en su desarrollo como lengua histórica de varios pueblos y de sus lenguas romances (italiano, español, portugués, francés y rumano), que en San Juan solo se enseñaban en forma privada. En sus Recuerdos, después de dejar la Escuela de la Patria a los 14 años, Sarmiento cuenta cómo su maestro particular, el cura José de Oro, intentó enseñarle latín en San Luis, pero nunca lo aprendió por considerarlo una lengua inútil. 

El proyecto más serio y completo respecto a la organización escolar -hacen notar Arias y Peñaloza- lo constituyó la creación de una Comisión Inspectora de Escuelas, el 4 de noviembre de 1846. En enero de 1848 se autorizó al Juez de Segundo Orden de la Villa de San Agustín para habilitar nuevamente Escuela de Primeras Letras a cargo de la Receptoría de la Villa. Fuera del ámbito escolar, en 1849, el meritorio don Luis Antonio Berutti es encargado por el gobierno de Benavides de la enseñanza de la Banda de Música local. Una ley del 23 de octubre de 1850 crea un nuevo organismo denominado Comisión Promotora de la Enseñanza Pública, disponiéndose una mayor dependencia de sus miembros respecto del Poder Ejecutivo, pues las anteriores comisiones habían dejado de funcionar con el tiempo por razones inherentes a cuestiones particulares. 

El año 1851 resulta pródigo en partidas dedicadas a la educación. El 1º de abril de 1851 se realiza la segunda apertura del Colegio Santa Rosa de Lima. Ese mismo año se inaugura la Escuela Central de Educación Primaria, bajo la dirección del acreditado profesor don Juan Domingo Vico. El porcentaje del presupuesto provincial representado por la educación en 1851 es del 2,4%, "proporción que resulta considerable", como dicen Peñaloza y Arias, "teniendo en cuenta las dificultades y necesidades", porque el Fondo de la Escuela Pública formado por las rentas de Temporalidades (antiguos bienes eclesiales) y por las donaciones hechas a tal fin ya no existe en la época de Benavides, y toda la inversión educativa debe ser asumida por Rentas Generales. 

En 1852 -año de la caída de Juan Manuel de Rosas y la elevación de Justo José de Urquiza al poder nacional-, la Escuela Fiscal de Varones dirigida por don Marcelino Guardiola tiene ya unos 183 estudiantes en edades que van de seis a diecinueve años. La Escuela Central dirigida por don Electo Blanco tiene 85 estudiantes entre los seis y quince años, 25 de los cuales son becados por el Estado provincial (recordemos que Buenos Aires sigue reteniendo para sí solo las rentas de la Aduana del Puerto Único).  Comienza a extenderse ese mismo año de 1852 a nivel local la preocupación por la instrucción de las zonas de campaña. Se abren dos escuelas: una en Pampa Vieja y otra en Pampa del Chañar, localidades del departamento Jáchal, funcionando con un régimen mixto: los estudiantes pudientes pagaban y los de pocos recursos asistían por cuenta del Estado. En 1853, la Escuela de Puyuta, a cargo de don Genaro Quiroga, funciona con un total de 60 estudiantes: 40 varones y 20 mujeres. También funciona una escuela primaria en Albardón por iniciativa de don Ezequiel de la Barrera. 

Respecto a la educación de carácter secundario o preparatorio para la educación superior, es muy ilustrativa la nota que en 1853 dirigió el Provisor Maradona al ministro de Gobierno de Benavides, expresando la necesidad de abrir un Seminario Eclesiástico "donde puedan concurrir los jóvenes cuyanos a recibir lecciones de Latinidad". Al parecer, no existen otros establecimientos de "educación preparatoria", "exceptuando uno incompleto que dirigen los padres Dominicos". Un decreto de 1854 -último año de gobierno de Nazario Benavides- establece la obligatoriedad del estudio de la Constitución Nacional, recientemente promulgada en Santa Fe, y la memorización de su articulado por los estudiantes de las escuelas primarias de la provincia. En este mismo año "se aumentan los ramos" en la escuela dirigida por don Eliseo Schieroni, y pasan a formar parte de la currícula de la Escuela de Varones también Cosmografía, Agrimensura y Contabilidad, materias que abrían nuevos horizontes a los educandos. 

Ni en Buenos Aires, con todos sus recursos, separado de la Confederación Argentina entre 1852 y 1861, se fundaron tantas escuelas como en tiempos de Benavides en San Juan. Sarmiento, a cargo del Departamento de Escuelas de Buenos Aires entre 1856 y 1860, fundará solo dos, según confiesa él mismo en carta a Mary Mann del 15/5/1866, confirmada por esta otra de 1878: "En la ciudad de Buenos Aires se han construido solo dos edificios de escuelas en estos veinte años", más allá de la apología interesada que ignora su actuación al servicio de Buenos Aires y canoniza, sin datos ciertos, al relevante escritor y destacado presidente como el fundador de escuelas por antonomasia y "padre del aula", desconociendo acríticamente la labor de otros educadores y fundadores de la escuela en la Argentina. El 15/8/1884 el propio Sarmiento revelaba: "En Santa Rosa de Chile fui real maestro de escuela, no habiéndolo sido antes ni después". 

Si la guerra contra la Coalición del Norte y otros momentos críticos absorbieron mucha energía de Benavides (segundo o primer comandante, además, de las fuerzas federales del Interior), por lo que tuvo que delegar su cargo de gobernador en varias oportunidades, resulta realmente sorprendente su labor educacional, de tanta productividad y progresividad por cierto, revelando una actividad educativa durante ese y otros gobiernos federales de provincia, desconocida y/u omitida por la historia oficial.

5. Quinto período gubernamental y una Circular significativa 
Reelegido para su quinto período gubernamental, Benavides se había convertido en el hombre fuerte de Cuyo, y eso le daba tanto poder político que hasta se daría el gusto de contestarle evasivamente a Felipe Arana, el ministro de Rosas; y hasta de cuestionar, como hemos apuntado, las decisiones del caudillo bonaerense, manifestando en una oportunidad que no se cobrarían los nuevos derechos de cordillera que aquel prescribía. 
El 11 de agosto de 1851, por pedido de Benavides, la Sala de Representantes local tomó una medida de extraordinaria importancia: la abolición de los derechos de tránsito. Unos meses antes, Urquiza y la provincia de Entre Ríos le habían retirado a Rosas su confianza. El 10 de octubre de 1851, Benavides tuvo en sus manos el paquete lacrado que le enviara Urquiza conteniendo el decreto del 1° de mayo de 1851, por el que el entrerriano aceptaba la dimisión de Rosas a sus atributos excepcionales y declaraba que el pueblo de Entre Ríos reasumía el ejercicio de las facultades delegadas en el mandatario bonaerense y otras cuestiones candentes, aunque de menor importancia. 
Llegado a este punto, resulta necesario poner el foco en un hecho político que sucedió en julio de ese mismo año ‘51 y que explica en parte los sucesos por venir y las actitudes y movimientos políticos a los que se vio impelido Benavides, que, en última instancia, resignifican la postura política del sanjuanino frente al conflicto entre los dos hombres fuertes del momento: Rosas y Urquiza -uno representando a Buenos Aires y el otro a las provincias- a pesar de autodenominarse ambos federales.
El 22 de julio de 1851 –varios meses antes de recibir el paquete sellado de Urquiza y dos meses después del pronunciamiento del entrerriano- Benavides cursó una circular a los gobiernos de las demás provincias argentinas consultándolos sobre la situación en ciernes. 
Como nos advierte el escritor, dramaturgo y ensayista sanjuanino Francisco Eduardo Rodríguez Gil, en dicha Circular, dadas las "circunstancias difíciles y de alta gravedad y trascendencia" (Entre Ríos le había retirado a Rosas la delegación de las relaciones exteriores al bonaerense en mayo de 1851), el general Benavides alude a "los principios de asociación y confraternidad" que une a las provincias del Interior, en particular con relación a "la marcha del gobierno general de las Relaciones Exteriores" (a cuyo titular curiosamente no menciona, cuando era de estilo, sino de cajón, mencionarlo en todos los escritos referidos a sus funciones), advirtiendo además sobre la necesidad, "en un plano de igualdad" (¡en un plano de igualdad!), de expresar "las soberanas resoluciones que cada una (cada provincia) considere más útiles de progreso a los intereses particulares y generales de la Confederación…". Sin duda, Benavides les estaba preguntando a sus colegas de otras provincias qué hacer como bloque federal provinciano. 


Más allá del propio contenido de la Circular, quedó evidenciado tanto el liderazgo como la independencia de criterio y de movimiento del general Benavides en el concierto de las provincias argentinas. Dicha posición resulta comprensible y justificable –más allá de las virtudes personales del mandatario y jefe militar- si ponemos foco en los intereses provincianos y realmente federales y democráticos que Benavides representaba y por los que batalló en varios frentes diferentes a los de Buenos Aires.
De hecho, también, los hechos inmediatamente posteriores explican la cautelosa actitud y los cuidados movimientos de Benavides a partir de las respuestas que sus colegas de las otras provincias le hicieron llegar -con la misma cautela-, condenando formalmente la "traición" del entrerriano y reivindicando a Rosas, todavía con el poder central en sus manos.
Entendemos con el autor del agudo y perspicaz ensayo "¿Quién es ese Benavides?" que, debido a la desaparición de Facundo Quiroga de la escena política del país, y sin otra figura de recambio federal para el frente provinciano en aquel trágico momento -habían desaparecido ya físicamente también Juan Bautista Bustos, Alejandro Heredia y Estanislao López-, "Buenos Aires" quedó dueño de la situación, y Rosas pudo gobernar por veinte años en forma omnímoda. Aunque somos coincidentes también con Rodríguez Gil que "no hubo rosismo -ideológica y políticamente entendido en el interior del país", aunque hubo algunos incondicionales del poder central en las provincias, como Quebracho López en Córdoba, Saravia en Salta y Aldao en Mendoza. Pero no fue el caso de Benavides, amigo del Chacho Peñaloza (a pesar de enfrentarse con él manu militari en varias oportunidades) y defensor de los intereses provincianos en todo momento.


Tres meses después de la Carta de octubre de 1851 -que se había extraviado y llegado a las manos de Rosas, aunque éste se la reenvía sin abrirla-, Benavides tuvo formalmente en su poder el paquete lacrado que le enviara el general Urquiza, conteniendo el decreto del 1° de mayo del gobernante litoraleño por el que aceptaba la dimisión de Rosas a sus atributos excepcionales (dimisión formalmente reiterada e invariablemente rechazada por los gobiernos provincianos hasta ese momento), declarando que el pueblo entrerriano reasumía el ejercicio de las facultades delegadas en el mandatario bonaerense, etc.        
Después de remitir a la Legislatura provincial el documento de Urquiza y de esperar el veredicto de la Sala de Representantes local que repudió la propuesta del entrerriano y reivindicó al bonaerense, Benavides se dirigió a Rosas dándole a conocer el paquete de medidas tomadas en San Juan por el poder instituyente en contra de los insurrectos de Paraná, ofreciéndose para ocupar "el puesto más avanzado si S.E. se lo asigna". 
El ministro Felipe Arana le contestó en nombre de Rosas y le hizo saber que ya se le había asignado el puesto que debía ocupar en la lucha. Para el 9 de enero de 1852, las fuerzas provinciales estaban listas y en combinación con las mendocinas para iniciar la marcha desde San Luis a fines de ese mes o principios del siguiente. 


Las fuerzas sanjuaninas no salieron nunca a ocupar el puesto que les había asignado Rosas. El caudillo federal provinciano, "con las armas en la mano esperó ver salir el sol para rumbear". Amanecía un nuevo tiempo para el país y para las provincias argentinas. Hombres tan experimentados y con tantas responsabilidades como Benavides, no podían desconocer dicha situación.
Desde aquel momento del pronunciamiento de Urquiza en mayo de 1851, poniéndose al frente de la lucha federal provinciana -como lo demostraría luego el Acuerdo de San Nicolás-, los días de Juan Manuel de Rosas estuvieron contados. La batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, dirimió el pleito que llevaba los años de la Revolución -40 años- entre las provincias y Buenos Aires, ya fuera con Unitarios o con "Federales". 


El general Justo José de Urquiza, ya director Provisorio de la Confederación, envió a San Juan a Bernardo de Irigoyen, amigo de Benavides, con la misión de comunicarle al caudillo provincial su confirmación en el cargo (a otros gobernadores los había hecho renunciar) y de invitarlo a la reunión de Gobernadores en San Nicolás. Benavides aceptó la invitación y partió al encuentro con los demás gobernadores, dejando a cargo de la gobernación de la provincia a don Zacarías Yanzi, quien produjo aquel golpe institucional en connivencia con la Sala de Representantes. En efecto, el 12 de abril de 1852 -tratando de "blanquear" su postura anterior a favor de Rosas y en contra del "tirano" Urquiza-, la Sala de Representantes de San Juan, borrando con el codo lo que había escrito con la mano, delegó las Relaciones Exteriores en el general Urquiza, y el 9 de mayo le quitó la delegación que el legítimo gobernador Benavides llevaba al Encuentro de San Nicolás, y le otorgó la representación de la provincia al propio general Urquiza, nuevo hombre fuerte de la Federación. 
Empero, Urquiza no se dejó confundir y reconoció al general Benavides como la única autoridad legal de San Juan. A la vez ordenó a los gobiernos de Mendoza y San Luis que colaborasen con tropas para restablecer al caudillo federal. Así sucedió, sin más trámite. No obstante, el 13 de diciembre de 1854, Nazario Benavides renunció a la gobernación.

6. Nuevos tiempos, transición y tragedia provincial y nacional
A un mes prácticamente de renunciar el general Nazario Benavides, el 4 de enero de 1855 asumió el gobierno de San Juan el coronel Francisco D. Díaz, militar de la Confederación, hombre de confianza del dimitente y políticamente ubicado en la misma línea de su antecesor. 
El coronel Díaz pretendió representar la transición entre los viejos tiempos y la política de Paraná -sede de la Confederación Argentina- aunque tampoco fue impermeable a las tendencias liberales que se hacían sentir en el ambiente después de la caída de Juan Manuel de Rosas.


No obstante, en tiempos en que, en lugar de conciliarse los dos modelos de país latentes se iba abriendo una brecha que se resquebrajaría en Cepeda y terminaría de explotar en Pavón, Francisco Díaz se distanció de Benavides, que conservaba gran poder (tanto que sería elegido nuevamente gobernador en 1857, si bien no podría ejercer); chocó con el Provisor en Sede Vacante, Monseñor Timoteo Maradona, que antes de tomar los hábitos a raíz de la muerte de su esposa, había sido gobernador delegado de Benavidez varias veces. Tampoco Díaz consiguió, seguramente por sus antecedentes federales, el apoyo del pequeño pero consecuente grupo liberal (unitario) que siempre se manifestó en San Juan.
Sin embargo, durante los dos años y dos meses que gobernó esta vez, el coronel Díaz no se cruzó de brazos. El 15 de junio de 1856, siguiendo la política educativa de Benavides, se crearon dos escuelas modelos de enseñanza gratuita para ambos sexos. Cosa curiosa sino trágicamente repetida en la historia argentina, Díaz intentó también -aunque "sin mayor éxito"- una estructuración en el campo judicial, una de las patas de la mesa del poder oligárquico (político, económico, judicial y mediático). 
Esa situación de inmunidad, impunidad y arbitrariedad en muchos casos de uno de los poderes de la República -producto de la estructura social a través de la cual se conformó la Argentina y de las características de sus clases pudientes y dominantes-, era advertida por José Hernández en la segunda mitad del siglo XIX por boca de Martín Fierro, quien así se manifestaba: La ley es la tela de araña / y en mi ignorancia lo explico / no la tema el hombre rico / no la tema el que mande / pues la rompe el bicho grande / y solo enrieda a los chicos… Hay muchos que son doctores / y de su ciencia no dudo / mas yo que soy hombre rudo / y aunque de esto poco entiendo / diariamente estoy viendo / que aplican la del embudo.
Del mismo modo, de nada serviría que hubiera tres periódicos y amplia libertad de prensa por esos años –"El Correo de los Andes", "El agricultor" y el "9 de Julio"- si la prensa no acompañaba los procesos de cambio que se intentaban. Lo cierto es que ni el país ni las provincias podían vivir sin conflictos ni dificultades -terminados los tiempos férreos del gobierno central de don Juan Manuel de Rosas-, en una época en la que seguía en disputa el modelo de país a desarrollar y en el marco de un país dividido por la escisión, secesión y permanente sedición de Buenos Aires, que retenía para sí las rentas aduaneras del Puerto y desde el 11 de septiembre de 1852 se separaba de sus "hermanas" provincianas, haciendo "rancho" aparte.
Entre las mayores dificultades a nivel local, estaban las económicas. Como sabemos, adelantándose a Urquiza, en tiempos de Benavides ya se habían dejado de cobrar en San Juan los derechos de tránsito con el fin de eliminar las aduanas interprovinciales. La Constitución Nacional siguió ese mismo camino, avalando una medida que, si por sí misma era progresista, traía un problema financiero a las provincias pues, al suprimirse el cobro de paso, éstas sufrieron un fuerte quebranto que el tesoro federal exhausto -sin los recursos de la Aduana de Buenos Aires- no pudo compensar. Y la contribución directa resultaba ilusoria.
El 19 de junio de 1855, Urquiza y Del Campillo habían firmado el decreto por el cual se creaban las aduanas federales en reemplazo de las provinciales, al igual que los correos y las oficinas fiscales en las provincias, estableciéndose una Administración de Rentas Nacionales, lo que desde el punto de vista de una política nacional y federal no estaba nada mal.
Haciendo lugar a la expresión de "los tres países" (no solo dos, como entendía Alberdi), Buenos Aires -ya separada de la Confederación- veía cumplidos sus sueños de vender bien y, sobre todo, comprar baratos productos extranjeros, dejando sin protección a las provincias; por su parte, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y hasta Córdoba, integrantes de la Confederación, podían practicar el libre comercio; y el resto del país clamaba por amparo para sus productos.
El gobierno de Paraná -permeable a todos los reclamos-, haciéndose eco del pedido de los cuyanos, gravó el vino europeo en un 80%, favoreciendo los intereses provinciales.
Según refieren los historiadores sanjuaninos que nos preceden, entre el provisor Maradona y el gobernador Díaz se produjo uno de esos conflictos en la puja por la prevalencia del poder civil sobre el eclesiástico o viceversa que "hacen época" y que, con razón o sin razón, las fuerzas políticas en pugna intentan interpretar y representar. El gobierno de Díaz intervino fuertemente, tomando posesión por la fuerza las oficinas del Provisor y remitió preso a Paraná a Monseñor Maradona con guardia militar. Planteado el grave conflicto ante el gobierno federal, éste dispuso por decreto, previa vista del Procurador, reponer al Obispo en febrero de 1857 con la firma de Del Carril (vicepresidente) y Del Campillo.
Esta vez, la oposición en San Juan encontró en Benavides el brazo ejecutor de la revolución, y Díaz cayó el 17 de marzo de 1857, poniendo al jefe militar del Oeste en trance de ser nuevamente gobernador, aunque no lo fue a pesar de ser elegido nuevamente. Así se llegó a la primera intervención legal de la provincia, en la persona del Dr. Nicanor Molina. El agente federal se hizo cargo del gobierno el 29 de abril, y el 8 de septiembre de 1857, ante la sorpresa del federalismo local y después de un proceso electoral "lleno de dificultades", puso en funciones al primer gobernador constitucional de San Juan (elegido legalmente por la recientemente promulgada Constitución Provincial de 1856).


Un gobernador liberal 
Se trataba de don Manuel José Gómez Rufino, representante del grupo liberal sanjuanino que contaba con las simpatías de "Buenos Aires", de los viejos unitarios y de los hombres de la generación de 1837 a nivel provincial. Gómez Rufino y el grupo liberal que lo apoyaba no pudieron pacificar la provincia: huérfano de apoyo popular y con una gran desorientación, no tuvo mejor idea que detener y encarcelar al cinco veces gobernador y todavía comandante militar del Oeste, por desorden en un reñidero de gallos, creando un escándalo nacional. En la madrugada del 23 de octubre de 1858, cuando llegaban a la provincia los Comisionados del gobierno nacional para resolver el litigio político más que judicial suscitado por el encarcelamiento del caudillo sanjuanino, el general Benavides fue asesinado en su propia celda. 


El gobierno local quiso pretextar una fuga, pero no hizo más que agravar la situación. El asesinato de Nazario Benavides y el carácter político de semejante crimen tensaron la cuerda al extremo. Si por un lado no podía conducir sino al juzgamiento de los culpables materiales e ideológicos del asesinato, en un plano superior y dada la magnitud y pertenencia de una figura federal como Benavides, no podía sino llevar al enfrentamiento armado entre Buenos Aires (separado de las demás provincias) y la Confederación con sede en Paraná. 
Gómez Rufino y su ministro Saturnino Laspiur fueron separados de sus cargos y remitidos a la capital de la Confederación para su juzgamiento. Las autoridades de Paraná y la opinión pública federal de todo el país vieron en la muerte del caudillo un crimen político del que culparon a Buenos Aires, escindido en ese momento de la Confederación. San Juan fue intervenido, ocupando el gobierno provisional el coronel José Antonio Virasoro.


Mientras la intervención en San Juan a cargo del coronel Virasoro desde el 24 de enero de 1859 daba sus primeros pasos en la provincia, en mayo de ese mismo año, la Legislatura de Buenos Aires (separada del resto del país) votaba el estado de guerra. En agosto de ese año, San Juan elegía sus electores para cumplir con la elección del nuevo presidente, según el mandato constitucional, y el 23 de octubre de 1859, en los campos de Cepeda, Urquiza vencía a Mitre. A través de las previsiones del Pacto de San José de Flores del 11 de noviembre de 1859, Buenos Aires se incorporaría otra vez a la Confederación, después de examinar y discutir en Buenos Aires la Constitución común de 1853. El 5 de marzo de 1860 asumió en Paraná el Dr. Santiago Derqui como nuevo y segundo presidente de los argentinos y el general Juan E. Pedernera como vicepresidente.


Dada la reforma constitucional de 1860 por la que se aceptaban las condiciones de reincorporación de Buenos Aires a la Confederación, las provincias debían elegir sus representantes para la convención ad hoc a reunirse otra vez en Santa Fe. En San Juan, la elección patrocinada por Virasoro no fue aceptada por la oposición, que operó en la Convención para que la representación sanjuanina no fuera aceptada e inició una sublevación en la provincia. Derqui, Urquiza y Mitre (gobernador de la provincia todavía en secesión) se reunieron y convinieron enviar una carta a Virasoro, invitándolo a deponer el cargo para evitar males mayores. La carta llegó tarde, porque el 16 de noviembre de 1860, la casa de Virasoro fue asaltada. Murieron asesinados el interventor Virasoro, su hermano, un oficial y cuatro soldados. 
Derqui resolvió intervenir nuevamente San Juan y nombrar comisionado al gobernador de San Luis, Juan Saa, a quien acompañarían personas de confianza del general Mitre. Mientras esa solución se sustanciaba, en San Juan, Francisco T. Coll regularizaba el gobierno, designando ministros al Dr. Antonino Aberastain y a don Valentín Videla. 


En corto plazo se llamó a elecciones y el 9 de diciembre de 1860 la Sala de Representantes nombró Gobernador Propietario de la Provincia al mismo Dr. D. Antonino Aberastain, que en ese momento se encontraba en Mendoza. Aberastain dispuso analizar la situación en la que se encontraba la provincia antes de asumir. En tanto, llegó a Mendoza la comisión interventora nombrada por el presidente Derqui. La conversación del interventor con autoridades mendocinas generó resquemores, por lo que los otros comisionados –afines al grupo liberal (mitristas) que ahora estaba cargo de San Juan en la emergencia- dejaron su misión y volvieron a Buenos Aires, disponiéndose entonces Saa a cumplir con el mandato presidencial. Pero viendo la resistencia que encontraría, comenzó a reclutar tropas. 


Aberastain y Coll decidieron enviar una misión para entrevistar al interventor y acompañarlo hasta la provincia en señal de "deferencia y respeto". Saa les contestó que había decidido cumplir con su mandato. Los acontecimientos se precipitaron: el 29 de diciembre Aberastain asumió el mando convirtiéndose en el nuevo gobernador de San Juan, declarando a la provincia en asamblea y disponiendo la creación de un regimiento de infantería que partió hacia la Rinconada (Pocito) el 6 de enero de 1861 para enfrentar al interventor federal. 
Desde Huanacache (actual departamento de Sarmiento), Saa asumió a su vez el mando gubernativo de San Juan, declarando en Estado de Sitio su territorio y ordenando a las fuerzas locales ponerse a su disposición "en el término perentorio de tres horas". Aberastain se puso al frente de sus tropas y enfrentó a las tropas de Saa el 11 de enero de 1861, que lo derrotaron ampliamente. Al día siguiente, mientras el comandante Francisco Clavero conducía a los prisioneros que marchaban a pie hacia San Juan, ante la protesta de ellos y temiendo tal vez un alzamiento generalizado, hizo fusilar por su propia cuenta al Dr. Antonino Aberastain, crimen innecesario y tremendo que obtuvo el repudio de propios y extraños.


En San Juan, la intervención repuso a la legislatura derrocada, declaró traidores a los revolucionarios, calificó de asesinato alevoso la muerte de Virasoro –motivo de la intervención- y designó como gobernador al jefe de Policía, don Filomeno Valenzuela. Saa, camino de vuelta a San Luis, recibió noticias de que la "indómita provincia" tenía nuevo mandatario. El 1º de marzo de 1861 había sido electo gobernador nuevamente para un segundo mandato y con carácter de interino el coronel Francisco Díaz, ratificado al poco tiempo por el propio gobierno nacional. Sin embargo, las profundas divisiones entre Buenos Aires y las provincias no se habían zanjado y abrió el camino a Pavón.      

Extraido de "San Juan, su Historia. De la Fundación a la Segunda Reconstrucción". del Licenciado Elio Noé Salcedo.

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