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Después de la fundación

San Juan y la creación del Virreinato

Las zonas más desarrolladas en lo que hoy es Argentina fueron las del Noroeste y Cuyo estrechamente ligada a la Capitanía de Chile desde su conquista por parte de los españoles.

No es un dato accidental que antes de que Carlos III creara el Virreinato del Río de la Plata con cabecera en Buenos Aires en 1776, con la exclusión de la Capitanía de Chile de sus límites, las zonas más desarrolladas en lo que hoy es la Argentina fueran las del Noroeste, con asiento en Santiago del Estero (madre de ciudades y madre de la industria en el interior provinciano), y la zona de Cuyo, estrechamente ligada a la Capitanía de Chile desde su conquista por parte de los españoles, y eso, aun a pesar del macizo andino. Tal sería el desarrollo inmediato de las ciudades cuyanas después de su fundación que, como señala el historiador Videla, San Juan ya estaba constituida como ciudad colonial "cuando Buenos Aires no existía (después de la primera fundación), incendiada por los pampas no dominados aún por el conquistador (1536), y Córdoba esperaba todavía la fundación de Jerónimo Luis de Cabrera" (1573).

Hacia el 1600, el Reino o Gobernación de Chile a la que pertenecían las ciudades cuyanas, contaba ya con sus primeras industrias. Juan Jufré, el fundador de San Juan es considerado además el primer industrial de todo el reino, gobernación o capitanía de Chile, con la instalación del primer astillero en el cono sur de América en 1553, la instalación de una fábrica de paños que subsistió hasta 1609, y hasta una hilandería de la que salían sayales para los frailes, vestuarios para seglares y mantas y frazadas para los colonos.

En cuanto a la minería, de gran importancia para los españoles en otros lugares de América, no sería un rubro exitoso en la economía colonial cuyana, a pesar de contar con numerosos minerales y un suelo recorrido casi en su totalidad por cordones montañosos y suelos de gran potencialidad minera. La no fácil extracción en Cuyo de los únicos minerales codiciados por los encomenderos españoles -el oro y la plata-, la despreocupación de éstos por cualquier otra explotación minera, y en definitiva la existencia de una explotación intensiva del otro lado de la cordillera (Chile), para la que eran reclutados forzosamente los Huarpes y que fuera una de las causas de su disminución o extinción, impidió que la minería fuera en San Juan y en Cuyo una industria lucrativa y productiva. Si las minas no satisficieron la codicia de conquistadores y encomenderos en la región, la tierra, en cambio, "aunque poco promisoria por su valor intrínseco inmediato, contendría el futuro". La concentración en el viñedo, el lagar y la agricultura, frustraría la posibilidad de una explotación integral de sus recursos. Entonces San Juan sería "tierra de agricultura y no de minería hasta no hace mucho, pese al ejemplo cercano de Chile, pese a la existencia de oro", aunque de no tan fácil acceso ni "al alcance de la mano, como en Andacollo o Potosí". En efecto, "la dificultad de extracción con beneficio, produjo la disolución por la minería local" hasta inicio del siglo XXI.

Logrados los asentamientos poblacionales en las ciudades del oeste, norte y centro del actual territorio argentino, y cumplido el objetivo estratégico -un puerto en el Atlántico que ligara esta parte del territorio a España-, inmanejable ya desde una capital a trasmano como Santiago y tan lejana como Lima, se produjo la creación del Virreinato del Río de la Plata.  

Con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, la región cuyana, y dentro de ella Mendoza, San Juan y San Luis, pasaron a depender del virreinato platense con cabecera en Buenos Aires, después de dos siglos y medio de dependencia chilena, separando a Cuyo, política, comercial y culturalmente de su antigua capital. Tal vez por ello, las propias autoridades del Cabildo de Santiago de Chile habían aceptado en un principio su inclusión en el nuevo virreinato en gestación ante la disyuntiva de perder para siempre las provincias cuyanas y separarse de ellas. Obligadamente, los cuyanos debieron dar frente a la pampa contra sus propios intereses, para ponerse a las órdenes de su nueva metrópolis "de acuerdo a la cédula ereccional".

El germen de la agro-industria sanjuanina
En los albores de su colonización, las frutas primero, reforzadas por el aguardiente y el vino después, serían los sostenes del comercio lugareño. Arraigar la vid y el olivo en Chile y pasarlo a Mendoza y San Juan fue un asunto sin intervalo. La vitivinicultura, que a la postre sería su mayor fuente de recursos y la única industria sobreviviente de importancia al comenzar el siglo XX, comenzaría a funcionar alrededor de 1600. La industria molinera (y el cultivo del trigo) se arraigaría también en el primer siglo de vida sanjuanina. Sin contar la tenacidad y el sacrificio de sus habitantes, los apoyos decisivos en lo que atañe a la agricultura fueron "la fertilidad admirable del terreno" en el decir del historiador jesuita Pedro Lozano, y debido a las cosechas "más abundantes y las frutas más sazonadas que en Chile, por causa del mucho calor que las hace madurar mejor y más pronto", según Alonso de Ovalle

Esa situación facilitó también que los sanjuaninos superaran rápidamente muchos contratiempos, a pesar de estar separados por la cordillera de su capital trasandina la mitad del año.
No obstante, si bien la agricultura en algunos rubros era ya explotada por los Huarpes antes de la llegada de los españoles, en materia de ganadería y animales domésticos de corral, a diferencia de la agricultura, gran parte se debió a los españoles llegados de Chile. A fines del siglo XVI -primer siglo de vida colonial- ya se comerciaba toda suerte de frutas, trigo, cebada, ganado (vacuno, mular o caballar, según el caso) y truchas. Por otro lado, aparte del comercio suscitado por el consumo interno en ascenso, y del que se practicaba con Santiago de Chile y La Serena a través de la cordillera, sobre todo desde diciembre a abril de cada año (época en la que los deshielos andinos ceden paso en los senderos cordilleranos), San Juan surtía a mediados del siglo XVII a las gobernaciones del Tucumán, Buenos Aires y Paraguay de higos, orejones, pasas, granadas, aceitunas y vino, entre otros productos lugareños.

Ahora bien, si el cultivo de la vid y la producción de aguardientes y vinos, tanto por su buena calidad como por la extraordinaria productividad de la cepa cuyana, hizo sentir su aplastante hegemonía ya en el siglo XVII en la economía regional, la falta de provisión de España de elementales productos, convirtió a cada hogar sanjuanino en un taller, dando origen a su vez a una incipiente industria casera y artesanal prometedora de mayores realizaciones industriales: el germen de nuestro agro-industria. Cada casa fue una fábrica. En ella -como refiere el historiador Videla-, se obtuvo el pan, la leche ordeñada, la manteca y el queso, la miel y la cera del colmenar, las velas del cebo y la cera, el anascote y el bayetón de vestir, la rústica herramienta para la labranza, los arneses y aperos del carro y el jinete. Por su parte, los dulces adquirieron el rango de una especialidad, el de membrillo gozó de fama en el país y aún se lo demanda. Otras prolijidades sanjuaninas fueron el dulce de higo, de limón sutil, naranja, sandía, guinda y durazno, los alfeñiques, y entre las bebidas de elaboración casera, la chicha de uva. "La casa y el rancho en San Juan -completa el historiador- y más aún en Jáchal, hilaba en su propio telar… Se tejió asimismo la lana de oveja, de guanaco y vicuña, con la que se confeccionaban mantas, frazadas y alfombras".

En otro rubro, el molino harinero que estableció definitivamente el vecino don Juan de Oro Bustamante en 1690, se mantuvo hasta comienzos del siglo XX en lo que es hoy el Parque de Mayo. Tal fue su desarrollo por aquellos tiempos, que el molino y la harina, "de constituir faena familiar… se dio al comercio para la exportación". A su tiempo, "las industrias de las frutas desecadas y de la vitivinicultura crearon la gran riqueza de los descarozados, los higos secos, las pasas de uva, los vinos blancos y el aguardiente, bebida espirituosa extraída de la destilación del vino". Verdaderamente, "el hogar-taller colonial, cimentado por el atavismo huarpe con bautismo castellano, sobreviviendo a la época, fue el precursor de la bodega y de la fábrica moderna". Asimismo, aunque prácticamente la región careció de ganadería a gran escala, no obstante, se criaban mulares, que todo Cuyo exportaba al Perú, y se dedicaban las vegas de Huanacache y las pampas de Jáchal al engorde de vacunos y caballares criados en Córdoba o San Luis, "internados en los alfalfares de riego artificial para consumo y necesidades de la población".

En esta sintética enumeración, merece señalarse, además, por su antiguo abolengo en la región, a la industria olivera, pues, la aceituna tuvo gran prestigio en el Valle de Tulum, casi como la uva, aunque el monocultivo vitivinícola arrasó con las posibilidades industriales de la oliva. De esta manera, aunque el monopolio comercial español vigente hasta 1778 -año del Reglamento de Comercio Libre de Carlos III- no tenía otra meta que impedirnos comerciar con otro país que no fuera España, "produjo en cambio, sobre todo industrialmente, la autonomía de América", como deduciría el historiador José María Rosa. "Muchas décadas antes del momento lustral de 1810 -confirma Videla- en Cuyo se daban las condiciones básicas para el desarrollo de una gran industria que moviera un importante y lucrativo comercio". 

La recesión industrial de los últimos años hispanos no reconoce su origen en la política restrictiva del sistema monopólico –a pesar de sus limitaciones y omisiones para desarrollar desde el Estado una política de desarrollo industrial, sino que "fue el resultado de la posición adoptada por el citado Reglamento con su libertad económica sin defensa ni presupuestos previos". Fue ese mismo Reglamento de Comercio Libre de 1778 que, sin dar mayores alternativas, abandonó las industrias del interior "a la competencia ruinosa de ultramar", la que le permitió a Buenos Aires -dueña del principal Puerto- un desarrollo sorprendente tan solo en cinco años. No es desacertado decir que la industria nacional, de acuerdo a las posibilidades de la época y de los medios con que se contaban, tuvo su precursora en tiempos del monopolio español, o sea, en la época de aquella forzosa sustitución de importaciones y de un proteccionismo industrial de hecho. Aunque España no podía conceder a América de lo que ella carecía. El contrabando, los intereses de la naciente burguesía porteña y la política librecambista, primero de los borbones y luego de la oligarquía comercial y agropecuaria, interesada solamente en el intercambio de materias primas a cambio de manufacturas inglesas a través del puerto de Buenos Aires, impedirían ese desarrollo industrial. 

En 1778, los sanjuaninos vendían en Buenos Aires a 36 pesos el barril de vino, de lo que había que deducir de 14 a 16 pesos el flete. En marcha la ruinosa competencia del comercio libre, los vinos cuyanos se vendieron en 1803 en Buenos Aires, cuanto más a 10 pesos el barril y esto, "dando además el casco". El 18 de abril de 1806, el diputado de Comercio sanjuanino denunciaba en el Consulado de Buenos Aires "la grave crisis acarreada al comercio cuyano por la libertad de mercar". En 1809, ante una consulta del virrey Cisneros sobre la industria textil, el Consulado de Buenos Aires, cuyo secretario era el doctor Manuel Belgrano había opinado que era "una temeridad querer equilibrar la industria americana con la inglesa", pues los productos que ellos introducían al país, y que el país producía o podía producir, "los pueden dar más baratos y por consiguiente arruinarán enteramente nuestras fábricas y reducirán a la indigencia a una multitud innumerable de hombres y mujeres que se mantienen con hilados y tejidos". 

Según lo entendía el Consulado dirigido por el futuro miembro de la Junta de Mayo y luego jefe del ejército patriota, la felicidad de un pueblo "no radica solamente en la baratura de los productos extranjeros, sino en los incrementos que pueden tomar los frutos del país". En sus Escritos Económicos, Manuel Belgrano advertía: "Las restricciones que el interés público trae al comercio no pueden llamarse dañosas. Esta libertad tan continuamente citada y tan raramente entendida, cosiste sólo en hacer fácilmente el comercio que permita el interés general de la sociedad bien entendida. Lo demás es una licencia destructiva del mismo comercio". 
En 1810, la industria madre de San Juan acusaba una aguda crisis como resultado de todos esos factores y en particular por la liberación del comercio al extranjero, ni qué hablar de las demás industrias incipientes o menos importantes.
 
El traspaso a una nueva jurisdicción
En 1783, con la creación del sistema de Intendencias en América, traspasados los territorios cuyanos a la Intendencia de Córdoba del Tucumán, esa "realidad histórica, espiritual y económica" que representaba Cuyo, desapareció legalmente, y San Juan de la Frontera, Mendoza y San Luis de la Punta ingresaron en la Intendencia de Córdoba, "cada cual como simple comandancia de armas, partido o delegación" y/o distrito de la Real Hacienda. Gran sorpresa fue para Cuyo esta Ordenanza, pues otra Ordenanza de 1782, luego rectificada por esta de 1783, proyectaba erigir a Cuyo en Intendencia, como correspondía a sus antecedentes históricos. Recordemos que las ciudades cuyanas habían sido fundadas veinte años antes que la ciudad de Córdoba, y rápidamente habían adquirido un incipiente desarrollo gracias a su conexión con las ciudades chilenas y el interior americano. Por directa consecuencia, la decisión de Carlos III alejaría aún más a la región de su capital histórica (Santiago de Chile) y acarrearía el primer desmembramiento interno de Cuyo, "sociedad humana y unidad económica creada por lazos de vecindad e intereses". Porque, por aquellos años, como afirman los historiadores Carmen Peñaloza de Varesse y Héctor D. Arias, todavía "no existía rivalidad entre San Juan y Mendoza". Verdaderamente, el sistema de intendencias no sólo desmembró a Cuyo políticamente y "lo despojó de considerable extensión de territorio, reduciéndolo a menos de un tercio de su superficie original", sino que también, "el traspaso jurisdiccional a la Intendencia de Córdoba le deparó efectos particularmente deplorables. Sería el término de la emulación superadora con Mendoza, mantenida en el antiguo corregimiento (provincia) de Cuyo más de dos siglos".

No obstante, no fueron las únicas medidas políticas que, pudiendo ser buenas tal vez para la península, al trasponer el Atlántico tendrían nefastos resultados para Cuyo en particular y para la extensa geografía americana en general. Si bien el Virreinato del Río de la Plata había sido creado para fortalecer el dominio hispanoamericano en el Sur e "impedir que otras naciones extranjeras como la Inglaterra tomasen posesión de algunos parajes en las desiertas costas patagónicas", ocurrió todo lo contrario, pues a solo 50 años de la creación virreinal, aunque ya en época patria, Gran Bretaña había usurpado arteramente nuestras Islas Malvinas. La creación del nuevo virreinato con cabecera en Buenos Aires consolidó a la "pandilla del barranco", sobrenombre que adquirió la burguesía comercial exportadora e importadora de la naciente ciudad puerto (parte sustancial de la oligarquía argentina, conformada además por la clase ganadera y terrateniente de Buenos Aires), que según el historiador Jorge Abelardo Ramos, se destacaba "por su habilidad para burlar las disposiciones fiscales y la prohibición de comerciar con extranjeros". Esa clase social se emparentó genética y comercialmente con integrantes del nuevo imperio industrial europeo y se asoció al contrabando, cumpliendo así, según coincide Félix Luna, "el destino intermediador de la ciudad de Garay, imposible de realizar mediante vías legales".

El nuevo virreinato rompió a su vez el equilibrio político alcanzado hasta entonces, producto de la no preponderancia en especial de una zona sobre otra, desbaratando las articulaciones históricas del Noroeste con el Alto Perú, del Este (que incluía por entonces la Banda Oriental) con Brasil y Paraguay y del Oeste con Chile y las demás regiones del interior iberoamericano. Si en los papeles resultaba fácil trasladar a Cuyo de jurisdicción, la travesía a Buenos Aires por un extenso territorio a paso de buey resultaría más difícil que cruzar la cordillera para llegar a Santiago, Valparaíso o La Serena, en cualquiera de esos casos a menor distancia que Buenos Aires. Todo ello debilitó sobre manera la economía de las provincias interiores del Oeste, Norte y Centro, hasta el día anterior ligada al interior americano y protegida de hecho por el sistema monopólico de los Austrias, si bien muy limitada, por cierto.

La promulgación del Reglamento de Comercio Libre de 1778 por parte de Carlos III vino a romper definitivamente el equilibrio económico y comercial alcanzado. La producción vitivinícola de Mendoza y San Juan, que según Ricardo Levene llegó a abastecer el consumo interior del virreinato, desde 1778 decaería notablemente a causa de la competencia de los productos similares foráneos. En definitiva, el traspaso a su nueva jurisdicción no proporcionó a Cuyo ni a San Juan su desarrollo, sino más bien su estancamiento, y legalizó a espaldas de las provincias el modelo agroexportador de materias primas e importador de manufacturas inglesas, que el país podía producir. Así fue cómo el monopolio de las rentas aduaneras y del puerto único "deparó la vida y la opulencia de Buenos Aires" como principal centro consumidor y comercial, y al mismo tiempo produjo el empobrecimiento y estancamiento de las demás regiones que dependían de él como cabecera del virreinato y puerto único, en el caso de Cuyo a mil kilómetros de distancia. Por su parte, el Desierto y la Patagonia, sustraídos a Cuyo, quedó a expensas de invasiones, ocupaciones e intereses ligados a las potencias de las que se los quería proteger.

Extraido de "San Juan su historia, de la Funadación de San Juan a la Segunda Reconstrucción", de Elio Noé Salcedo.

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