TERREMOTO DE EMOCIONES

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En mis años de investigación en Comunicación no Verbal, he estado en los escenarios más diversos con el fin de observar el comportamiento humano. Desde las cárceles en Buenos Aires, negociando y mediando en conflictos de gran envergadura, hasta playas con monos en Costa Rica, o experiencias sociales con estudiantes universitarios en México. Más allá de todo esto, mis lugares preferidos para la observación son los aeropuertos. Sin importar si me encuentro en Bolivia, Panamá o New York, el espectáculo emocional que los humanos desplegamos en los momentos previos a un vuelo es apasionante. Alegría y expectativa por el viaje, tristeza por la despedida, miedo e incertidumbre imaginando los riesgos del vuelo, enojo por el maltrato a nuestra maleta son solo algunas de las posibilidades de un inmenso abanico emocional que puede presentarse y reflejarse en nuestro rostro en solo un par de segundos. Es así: somos seres tan complejos, que podemos tener más de una emoción a la vez.
Coincidentemente esta misma semana, mientras escribía esta nota, mi teléfono celular comenzó a recibir notificaciones a granel con titulares que afirmaban “Terremoto en San Juan”. Fue en ese instante que pensé: es exactamente eso lo que nos sucede a los seres humanos cada tanto. Las emociones se presentan a gran escala y en ocasiones nos desestabilizamos. La ira, la angustia, la tristeza y el miedo, por ejemplo, pueden poner en jaque nuestro bienestar de manera inesperada en nuestra vida. ¿Qué hacer en esos momentos en los que nuestro punto de referencia se desdibuja y todo parece moverse a nuestro alrededor? Lo primero que hice ante la noticia que mi celular me señalaba de manera insistente fue llamar a mi amiga y coequiper Agustina Bellino, para saber cómo se encontraba en medio de esta tremenda sacudida. También le pregunté qué se hace en un terremoto y me dijo: En la escuela nos enseñan que debemos ponernos debajo de los marcos de las puertas y alejarnos de muebles con elementos cortantes. En lo posible tener una mochila con linterna, agua, comida en lata y kit de primeros auxilios.
Al repasar los elementos de la lista noté que son los mismos que deberíamos tener en cuenta a la hora de un terremoto de emociones: intentar regresar al encuadre inicial (marco), concentrándonos en nuestros propios límites personales sin querer resolverlo todo de una vez; alejarnos de aquellas cosas (elementos cortantes) o personas que puedan lastimarnos empeorando la situación; en lo posible, tener en nuestra “mochila de vida” el recuerdo de cómo resolvimos experiencias similares anteriores para iluminar esta nueva situación (linterna); recurrir a nuestros amigos y seres queridos que son como nuestra agua y alimento de cada día. Esto es imprescindible para sobrevivir a la crisis y al mismo tiempo, conforman un verdadero kit de primeros auxilios para sanar nuestras heridas.
Las emociones no tienen por qué ser nuestras enemigas. Pueden también ser nuestras aliadas. Sin embargo, debemos estar prevenidos para aquellos momentos críticos en los que seremos sacudidos por hechos que elevarán la intensidad de nuestros estados anímicos. Y finalmente, recordar que todas nuestras emociones se reflejarán en una mirada, en un gesto o en movimiento kinésico sin importar cuánto quisiéramos ocultarlas, porque como siempre decimos en nuestro Laboratorio, nuestro cuerpo no sabe mentir.

*Hugo Lescano
Director del Laboratorio de Investigación en Comunicación No Verbal
Consultor de la OEA (Washington, D.C.) en Negociación y Comunicación no Verbal
www.hugolescano.com