Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

El domingo 4 de julio de 1976 quedó grabado en mi memoria, conservando algunos detalles pequeños y acontecimientos muy densos.

Buenos Aires. Apenas pasadas las 8 de la mañana sonó el teléfono de la Parroquia Nuestra Señora de Montserrat, en la cual tres seminaristas estábamos tomando unos mates y rezando un rato antes de comenzar las actividades.
El mensaje fue un golpe duro: “mataron a los sacerdotes y seminaristas de San Patricio”. Los primeros momentos fueron de confusión. Yo los conocía muy poco, de sentirlos nombrar y de haber visitado esa Parroquia del barrio de Belgrano en la Ciudad de Buenos Aires. Pero mis dos compañeros de seminario, Leo y Ramón, eran de esa comunidad. Los conocían muy bien. Hicieron unos pocos llamados para ampliar la información y se fueron a la Parroquia. Yo me quedé un rato más para avisar a nuestro Párroco y partir hacia allí un poco después.
Al llegar percibí que todo era desconcierto y dolor. Aun cuando era común escuchar hablar en ese entonces de secuestros, torturas, muertes, nunca el atropello y la violencia pueden ser “naturalizados”.
Los feligreses que habían llegado temprano para la misa de las 8 se encontraron con el Templo cerrado; la casa parroquial guardaba en su interior los cuerpos baleados.
Enseguida comenzó a correr la noticia del mayor crimen de religiosos ocurrido en la Argentina. Pronto se fue sumando gente que en su rostro expresaba sentimientos de angustia, dolor, horror, incomprensión, sorpresa, conmoción. Era como si una pesadilla se hubiera expandido en el barrio y la comunidad.

Los acribillados fueron los sacerdotes Alfredo Leaden, Pedro Duffau y Alfredo Kelly, y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.

La comunidad religiosa había sido objeto de calumnias y amenazas que pretendieron hacer callar su voz evangélica. Hubo quienes querían un modo de vivir la fe puertas adentro, una Iglesia arrinconada en la sacristía, un ritualismo externo y vacío, como el denunciado por los profetas. La ofrenda de sus vidas sigue proclamando que Dios es amor, y nadie puede silenciarlo.
Los Medios de Comunicación callaron la noticia todo lo que pudieron y, al tener que informar, unos cuantos intentaron embarrar la cancha. Se preguntaban con aparente ingenuidad: “¿Por qué habrá sido? ¿Qué habrán hecho?”. Como buscando explicación y responsabilidad en las víctimas. Esquivaban los cuestionamientos centrales: “¿Quiénes los mataron? ¿Quiénes fueron parte del operativo? ¿De qué fuerza del Estado?”. La irracionalidad de la violencia homicida no tiene explicaciones convincentes. Nunca hay motivos para ir contra la vida de nadie. Cada uno de ellos, al igual que nosotros, formamos parte de un Plan del Amor de Dios.

Muy pronto comenzó a desarrollarse un fuerte movimiento de solidaridad hacia la comunidad religiosa y la Parroquia. El velatorio, las misas, las oraciones expresaban dolor y serena esperanza. Con el paso del tiempo se agrandaron las figuras de los 5 testigos de la fe y se fue divulgando este acontecimiento a nivel nacional e internacional.

Al cumplirse los 25 años de aquellos asesinatos el Cardenal Jorge Bergoglio presidió la misa. En la predicación señaló: “Ser testigo de Cristo, ser testigo del Evangelio, es comenzar un camino que uno nunca sabe dónde va a terminar. Un camino que es muy claro: no vivir para sí.
Lo acabamos de escuchar en Pablo: ‘nadie vive para sí’ de los que quieren seguir a Cristo. Ese camino se proyecta hasta el final. Nadie muere para sí. Cuando uno muere no para sí entonces germina, crece y da fruto; se hace un grano de trigo caído en tierra. Esta parroquia ha sido ungida por el testimonio de quienes ‘juntos vivieron y juntos murieron’. Por el testimonio de aquellos que quisieron no vivir para sí, quisieron ser grano de trigo y murieron para que otros tuvieran vida”.

En la madrugada del 4 de julio de 1976 el infierno abrió sus puertas, pero no se apropió de 5 vidas. El amor es más fuerte que la muerte.

La Carta a los Hebreos nos señala que “estamos rodeados de una verdadera nube de testigos” (Hb 12, 1). Son numerosas las experiencias de persecución y muerte que debemos evocar. Son constructores de Paz, semillas del Reino que darán fruto a su debido tiempo. Recemos especialmente por ellos.
Con dolor sabemos que en un sinnúmero lugares del mundo recrudece la intolerancia religiosa. Muchos son expulsados de su patria debido a la discriminación racial que instalan los regímenes opresores. No podemos mirar para otro lado ante las agresiones que sufren los cristianos en tantos países del planeta.