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lunes 25 octubre 2021
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La “maldición” que persiguió a los asesinos del Che Guevara

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Los rangers bolivianos que atraparon a Ernesto Guevara en La Higuera, el campesino que lo delató, el sargento que lo ejecutó, el general que ordenó su muerte, el jefe de inteligencia que mandó la amputación de las manos del Che después de su muerte… todos tuvieron un final signado por la desgracia y la sangre.


“Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente (…) El Ejército dio una rara información sobre la presencia de 250 hombres en Serrano para impedir el paso de los cercados en número de 37 dando la zona de nuestro refugio entre el río Acero y el oro. La noticia parece diversionista”, escribió Ernesto Guevara en su diario la noche del 7 de octubre de 1967. Serán las últimas líneas.
La mañana del 8 de octubre, su grupo de 17 hombres – muchos de ellos heridos o en pésimas condiciones físicas – fue rodeado por un centenar de rangers bolivianos, comandados por el capitán Gary Prado Salmón, en la Quebrada de Yuro. Los había alertado el campesino Pedro Peña, que había visto a los guerrilleros cuando cruzaban un sembradío de papas.
El combate comenzó cerca del mediodía y se prolongó casi tres horas. Algunos guerrilleros lograron romper el cerco luego de que, alrededor de las 14.30, El Che cayera herido.
-Observamos un bulto extraño que se nos hizo sospechoso y disparamos. Disparó uno de mis soldados que portaba un arma automática y escuchamos un sonido raro, como la caída de una cucharita o algo así – contaría después el sargento Bernardino Huanca.
La ráfaga del fusil automático había herido a Guevara con un impacto en la pantorrilla derecha, a unos diez centímetros arriba del tobillo, le había perforado la boina sin tocarle la cabeza y destruido su carabina M2.

La captura y la muerte
Rodeado, sin posibilidades de huir ni de defenderse, el comandante guerrillero se rindió:

-¿Usted quién es? – le preguntó Prado.

-Soy el Che Guevara. Les sirvo más vivo que muerto.

Prado ordenó que lo ataran.

-No sé preocupe, capitán, esto ya se terminó – le dijo Guevara.

-Para usted sí, pero todavía quedan algunos combatientes y no quiero correr riesgos – respondió Prado.

-Es inútil, hemos fracasado – contestó el Che.
Poco después fue trasladado al poblado de La Higuera y encerrado en la Escuela, mientras Prado se comunicaba con sus superiores.

“Caída de Ramón (el nombre de guerra de Guevara en Bolivia) confirmada. Espero órdenes qué debe hacerse. Está herido”, pidió por radio.

Todavía sin poder creerle, el teniente coronel Andrés Selich y el agente de la CIA Félix Rodríguez se trasladaron en helicóptero desde Vallegrande para verlo con sus propios ojos. Ellos tampoco podían decidir qué hacer con el Che.
La respuesta llegó por radio esa noche, codificada: “Saludos a Papá”. Era la orden de matarlo.
Cerca de las dos de la tarde del día siguiente fue fusilado por el sargento Mario Terán.
– ¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre! – fueron las últimas palabras de Ernesto Guevara.
A Terán le sonaron como una orden. Le temblaba todo el cuerpo y debió disparar dos ráfagas para matarlo.

Gary Prado en silla de ruedas
A principios de 2002, el ya retirado general del Ejército boliviano Gary Prado Salmón viajó a México para presentar sus credenciales como embajador ante el gobierno del presidente Vicente Fox. No fue bien recibido, ni por la prensa ni por la oposición política, que exigieron que no se las aceptaran por ser uno de los “asesinos del Che”.
En medio de esa situación fue entrevistado por el periodista de El Universal Héctor De Mauleón. Después de las preguntas de rigor sobre el problema diplomático que lo tenía como protagonista, el cronista le terminó preguntando:

-¿Esto también es resultado de “la maldición del Che”?

Gary Prado sonrió, se quitó los lentes y se frotó los ojos.

-No hay forma de parar todo eso – contestó, resignado.
La pregunta no era ociosa. Prado se movilizaba en una silla de ruedas desde 1981, cuando otro oficial del ejército le disparó accidentalmente en la columna vertebral cuando manipulaba un fusil y lo dejó paralítico.
Para entonces, la leyenda de la maldición que perseguía a los hombres que, de alguna manera u otra, habían estado relacionados con la muerte de Ernesto Guevara parecía una verdad incuestionable. Una larga serie de muertes, accidentes, tragedias y desgracias de todo tipo la confirmaba.

Terán, alcohólico y casi ciego
Después de disparar las dos ráfagas de ametralladora que mataron a Ernesto Guevara, la vida del sargento Mario Terán Salazar quedó envuelta en sombras. No se sabía su destino en el Ejército ni tampoco dónde vivía. Eran los tiempos en que el gobierno boliviano y la CIA sostenían que El Che había muerto por las heridas sufridas en el combate de la Quebrada de Yuro.
El primer periodista que pudo encontrarlo – en 1970, menos de tres años de la muerte de Guevara – fue el italiano Roberto Savio, que había viajado a Bolivia por encargo de la RAI para hacer un documental sobre “la ruta del Che”.
Savio descubrió donde vivía Terán y golpeó la puerta de su casa. Primero, el sargento negó ser quién era, pero finalmente logro quebrarlo y, cámara en mano, registró este diálogo:

–¿Cómo murió Guevara? – preguntó Savio.

–Desangrado, por las heridas – respondió Terán.

–Tenía una herida en el corazón. Tiene que haber muerto al instante.

–Tenía muchas heridas. Una en la pierna. Se desangró.

–Hay versiones que dicen que usted lo fusiló.

–No me consta. Murió por las heridas – insistió Terán antes de cerrar la puerta en las narices del periodista.
Mario Terán Salazar fue dado de baja del Ejército boliviano por alcoholismo, aunque se le otorgó la jubilación completa.
Después de esa entrevista, Terán volvió a transformarse en un fantasma hasta que en 2006, cuando se presentó, prácticamente ciego, en un hospital de Santa Cruz de la Sierra donde un equipo de médicos cubanos que estaba realizando trabajos de ayuda humanitaria en apoyo al gobierno de Evo Morales lo operó de cataratas.
“Es una verdadera paradoja. Terán tenía problemas de cataratas y fue curado en la Operación Milagro, por médicos cubanos, totalmente gratis”, escribió entonces el periodista Pablo Ortiz en el periódico El Deber de Santa Cruz.
Después de eso, Terán dio unas pocas entrevistas. Estaba en la ruina y necesitaba dinero. En una de ellas finalmente reconoció haber fusilado a Guevara.
-Cuando llegué, el Che estaba sentado… Al verme me dijo: “Usted ha venido a matarme”. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Yo no me atrevía a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande. Sentía que se me echaba encima y cuando me miró fijamente me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido podía quitarme el arma. “Póngase sereno, usted va a matar a un hombre”. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che cayó al suelo con las piernas destrozadas, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón – relató.

Tres atentados y tres muertos
El 1° de abril de 1971, a las diez menos veinte de la mañana, una joven elegante espera en la antesala del consulado boliviano en Hamburgo. Ha pedido ser recibida por el cónsul Roberto Quintanilla, que cuatro años antes ocupaba el cargo de jefe de inteligencia del Ejército boliviano y había ordenado la amputación de las manos del Che después de su muerte.
Cuando el hombre salió a recibirla, sin decir una palabra Mónica Erlt sacó un arma de su bolso y le disparó tres veces. En su huida, la joven dejó atrás una peluca, su bolso, su Colt Cobra 38 Special, y un trozo de papel donde se leía “Victoria o muerte. ELN”.

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