La vitivinicultura argentina enfrenta dos problemas simultáneos: cae el consumo mundial de vinos, con menores volúmenes exportados y presión bajista sobre los precios, y desde 2023 el dólar aumentó menos que los costos locales, lo que redujo la competitividad exportadora. Si la estabilidad macroeconómica se mantiene, ese escenario podría prolongarse.
El cuadro afecta de manera directa a Mendoza y San Juan, que además operan con dos desventajas estructurales: la distancia a los puertos y una economía poco abierta. En ese contexto, el sector debe decidir entre sostener el esquema actual o adoptar cambios de fondo para preservar exportaciones, empleo y superficie productiva.
Dos respuestas posibles
Una postura de statu quo implica mantener las prácticas actuales, con el ajuste concentrado sobre el precio de la uva, que viene en baja desde hace tres años, y con el riesgo de abandono de viñedos. Ese camino también puede derivar en una cosecha débil seguida por aumentos bruscos de precios, con impacto sobre las bodegas. La alternativa proactiva consiste en tomar como referencia a Chile y Australia, que enfrentaron problemas similares en momentos distintos y aplicaron estrategias de adaptación.
Entre 2002 y 2012, el auge del cobre chileno y de la minería australiana generó mayores ingresos de divisas y una apreciación real de sus monedas, lo que encareció sus costos en dólares. En ese período, el consumo mundial de vinos todavía crecía al menos hasta la crisis de 2008. Desde entonces, las exportaciones australianas cayeron, mientras las chilenas siguieron aumentando.
Respuestas empresariales
Ante costos que suben más que los precios de venta, las empresas pueden vender más, buscar nuevos mercados, mejorar el valor de sus productos, ganar productividad o reducir costos. Chile aprovechó acuerdos comerciales y redes de distribución para ampliar exportaciones, mientras Australia enfrentó mayores dificultades por una apreciación cambiaria más intensa. En ambos casos se invirtió en calidad, marcas y diferenciación, aunque siguió existiendo producción de vinos económicos y a granel.
También hubo ajustes productivos. Australia avanzó en mecanización, automatización y economías de escala, y Chile incorporó tecnología, riego y modernización para contener el costo por litro. En paralelo, Australia comenzó a reducir superficies y a reorganizar empresas, mientras Chile continuó expandiendo exportaciones y viñedos. Desde la segunda mitad de los años 2010, además, el consumo mundial de vinos entró en descenso y obligó a revisar cuánto producir, dónde invertir y qué capacidad conservar.
Restricciones locales
El texto identifica dos condicionantes propios de la región: la distancia de unos mil kilómetros a los puertos atlánticos y una economía con menos acuerdos comerciales y más trabas e impuestos a las exportaciones. En comparación, Chile y Australia accedieron a mercados con mejores condiciones arancelarias. Para el vino argentino, eso implica márgenes más estrechos, sobre todo en los segmentos baratos y a granel.
En ese marco, las prioridades para los gobiernos pasan por reducir costos logísticos, mejorar infraestructura hacia los puertos, simplificar trámites, revisar tributos y avanzar en acuerdos comerciales, además de facilitar una reconversión ordenada de los viñedos con recursos fiscales limitados. Para las bodegas, el desafío es bajar el costo por litro, aumentar la proporción de vinos de valor agregado, ampliar canales rentables como la venta directa y el enoturismo, y ajustar la capacidad productiva a un mercado mundial más pequeño.




